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20:17h. Lunes, 12 de Noviembre de 2018

Los aborígenes de la isla de La Palma (Los auaritas)

Los primitivos habitantes de la isla fueron los auaritas o benahoaritas, quienes arribaron a la isla, posiblemente, procedentes del Marruecos noroccidental, del ámbito donde Plinio sitúa a la tribu bereber de los Baniurae, Baniouri o Baniouae, término que presenta claras afinidades con el vocablo Benahoare utilizado por los propios indígenas palmeros para designar su territorio. La fecha exacta de su arribada a la isla se desconoce, pues la datación absoluta más antigua que se conoce en La Palma se remonta al siglo III a.C.

http://cit-tenerife.com/assets/files/CIT-Revista_02.pdf

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La isla de La Palma está situada entre los meridianos 17º 43' 42'' y 18º 00' 15'' de longitud oeste, y los paralelos 28º 57' 7'' y 28º 51' 15'' de latitud norte. Tiene una extensión de 706 km cuadrados. Su anchura máxima es de 28 km, entre Puntagorda y Puntallana, y la longitud mayor es de 45 km, entre la Punta de Juan Adalid y la Punta de Fuencaliente.

 

No obstante, las teorías desarrolladas hoy en día para explicar el primitivo doblamiento insular insertan la primitiva colonización de las islas en el primer milenio antes de la Era, alrededor del siglo VIII, relacionándola con la expansión fenicia por el Atlántico. Cuando la mayor parte de la isla estaba colonizada, se produjo un segundo aporte de población, de probable raigambre sahariana y en torno al siglo VIII d.C., que introdujo algunos elementos nuevos dentro del contexto cultural preexistente, caso de los recipientes cerámicos de formas esféricas y elipsoides y decoración profusa a base de incisiones e impresiones que se distribuyen por todo el cuerpo de los recipientes, excepto por el fondo.

 

En conexión con las actividades productivas y la dieta, los auaritas centraron inicialmente su alimentación en los productos obtenidos a partir de la actividad pastoril (cárnicos, leche y derivados, manteca, etc.), así como de los recursos que le ofrecía el medio natural que le rodeaba. Esta explotación se fue incrementando a medida que aumentó el conocimiento del entorno por parte de los nuevos pobladores. La ganadería ocupó un lugar dominante, pues proporcionó los componentes básicos de la dieta y las materias primas empleadas para la industria ósea o la elaboración de vestidos. El ganado de los auaritas estaba integrado por animales como cabras, ovejas y cerdos, tal y como evidencia la ingente cantidad de restos óseos que aparecen en las cuevas de habitación.

 

Los auaritas obtuvieron igualmente del medio natural las materias primas necesarias para la elaboración de su industria lítica (elaborada en basalto y obsidiana), de las manufacturas en madera (peines, recipientes, baras, lanzas, etc.) o de la cerámica, cuya evolución tipológica se ha podido reconstruir a partir de la estratigrafía de algunas de las cuevas de habitación excavadas en La Palma, distinguiéndose cuatro fases en función de las formas y motivos cerámicos de los recipientes.

 

Por lo que atañe a la agricultura, tradicionalmente los estudios sobre la protohistoria insular desecharon la posibilidad de que en La Palma se hubiese practicado. Sin embargo, recientes investigaciones permiten afirmar que los auaritas conocieron  practicaron la agricultura, aunque la misma pudo haber tenido un carácter marginal, tendente a cubrir las necesidades básicas. En este sentido, se ha constatado el consumo de cebada, trigo, lentejas o chícharos, especies todas que necesitan del empleo de técnicas agrícolas. En un momento determinado, a partir de la Fase cerámica III, la actividad agrícola fue abandonada, habiéndose planteado diversas hipótesis para explicar este hecho: agotamiento o pérdida de la simiente, escasa rentabilidad, etc.

 

Esta circunstancia motivaría que a partir de este momento se incrementase la recolección vegetal, la cual ofrecería al auarita unos rendimientos similares a los de sus prácticas agrarias. Entre las especies recolectadas cabría citar un variado número de hojas, semillas y frutos, muchos de los cuales habrían sido empleados además con fines

medicinales: raíces de helechos, el amagante, los frutos del mocán, etc.

 

La práctica de la pesca y del marisqueo también está documentada arqueológicamente. En las cuevas de habitación se conservan evidencias procedentes del mundo marino, tales como restos ictiológicos de distintas especies (morenas, sargos cabrillas, etc.) que eran capturadas mediante distintos métodos de pesca (empleo de redes de junco, de corrales de pesca en la orilla de la costa, etc.).

 

Por lo que atañe al hábitat, los auaritas habitaron preferentemente en las cuevas naturales localizadas en los márgenes de los barrancos, en los acantilados costeros, en las faldas de las montañas, al abrigo de grandes resaltes rocosos, etc. Por lo general, se seleccionaban las cuevas situadas a cotas más bajas, cercanas a la costa, debido a sus condiciones climáticas con suaves temperaturas, escasas oscilaciones térmicas entre el día y la noche, etc. También se valoraban otros factores como la existencia o proximidad de fuentes que proporcionaran un suministro regular y abundante de agua y las condiciones de habitabilidad.

 

Junto con el hábitat en cueva, en La Palma también se han localizado diversos poblados de cabañas, tanto en zonas donde no existían cuevas (zonas de la isla afectadas por la actividad volcánica) como en sitios donde éstas eran insuficientes para albergar a toda la gente.

 

Por lo general, son de planta rectangular, aunque también las hay circulares. El sistema constructivo consistía en la colocación de grandes rocas en la base, muchas veces apoyadas en resaltes rocosos naturales. Otras veces se procedía a construir muros a base de una doble hilera de rocas cuyo interior se rellenaba con rocas más pequeñas. Estos muros por regla general no solían superar los 1,7 metros de altura. No hay datos arqueológicos en relación con la elaboración de la techumbre, aunque debió emplearse una cubierta realizada a base de troncos de madera, restos vegetales, barro o lajas de piedra, la cual la haría resistente a los agentes climáticos.

 

Las cuevas, en este caso las menos aptas para ser habitadas, también fueron empleadas por los auaritas, sólo que para enterrar a sus muertos. Los cadáveres eran inhumados en su interior, aislándose el espacio sepulcral del exterior mediante e cierre de la cueva con un muro de piedra seca.

 

También se ha constatado la práctica de la momificación y de la cremación como rituales funerarios. La catalogación de todos estos yacimientos, tanto habitacionales como sepulcrales, se lleva a cabo hoy en día mediante las denominadas cartas arqueológicas (De ámbito municipal), un documento en el que se recoge la ubicación y descripción de los yacimientos, información a partir de la cual es posible estudiar los modelos de asentamiento de los primitivos habitantes de las islas y, paralelamente, localizar los bienes culturales que son objeto de protección.

 

Por lo que atañe a la organización territorial y sociopolítica de la isla antes de su conquista en 1492, sabemos por las primeras fuentes escritas (crónicas, historias generales, etc.), que La Palma estaba dividida en 12 bandos o señoríos, es decir, en territorios que iban desde la costa hasta la cumbre, distribución que ha sido justificada a partir de la necesidad de explotar los recursos naturales existentes en los distintos pisos de vegetación. Asimismo, la delimitación de la isla en unidades territoriales en sentido vertical, de parecida potencialidad ecológica, garantizaba el acceso a similares posibilidades económicas.

 

Cada bando estaba controlado por uno o varios jefes, emparentados por lazos de consanguinidad, y se estructuraba a partir de un esquema organizativo de tipo segmentario, es decir, cada una de las unidades territoriales estaba ocupada por un segmento de linaje que era equivalente y complementario de los demás y el resultado de las divisiones que se produjeron sucesivamente en el seno del linaje original, y que continuó dentro de los distintos segmentos hasta fracciones mínimas localizadas en los distintos colectivos familiares.

 

Según las fuentes etnohistóricas, los nombres de los distintos bandos eran los siguientes: Aridane, Tijuya, Guehebey-Tamanca, Ahenguareme, Tigalate-Mazo, Tedote-Tenibucar, Tenagua, Adeyahamen, Tagaragre, Tagalguen, Tijarafe y Aceró.

 

En conexión con la religión auarita, los indígenas adoraban a un dios llamado Abora, que se sitúa en la cúspide de la estructura religiosa y que quizás pudo estar identificado simbólicamente con el sol. Asimismo, adoraban a las montañas o roques que destacaban por su forma peculiar. Éste es el caso del Roque Idafe, en torno al cual los auaritas celebraban una serie de ritos destinados a asegurar la continuidad de la vida. También creían en la existencia de demonios malignos, a los cuales atribuían todos los males: enfermedades, muertes, sequías, etc. Su reencarnación era en forma de un enorme perro lanudo, hecho cargado de un enorme simbolismo, ya que el único enemigo de los rebaños de ovicápridos eran las jaurías de perros asilvestrados.

 

Se pone así de manifiesto la estrecha relación que existe entre el mundo mágico-religioso y las actividades económicas de las que dependía la supervivencia del grupo. La religión alcanzaba su mayor vinculación entre los auaritas y los dioses en los ritos que se llevaban a cabo en las aras de sacrificio y en algunas estaciones de grabados rupestres. Las aras de sacrificio se relacionan estrechamente con la actividad pastoril desarrollada en las cumbres durante la época estival, aunque hay algunas alusiones a la presencia de aras en los lugares de habitación.

 

En las cumbres de la isla, el contacto con la divinidad celeste era mucho más cercano, ya que el cielo donde moraba Abora estaba más próximo. Estas circunstancias explicarían por sí solas la gran cantidad de manifestaciones religiosas o rituales (estaciones de arte rupestre y aras de sacrificio) dispersas por la cumbre, sobre todo en torno al Roque de los Muchachos. A tales elementos irían asociados una serie de ritos, transmitidos oralmente, tendentes a conseguir el favor de los seres supremos. Unos estarían ligados a la actividad pastoril, siendo realizados por los pastores auaritas, mientras que otros tendrían un carácter más general (situaciones de sequía o epidemias, por ejemplo), participando en su celebración toda la comunidad.

 

El carácter mágico-religioso del arte rupestre queda constatado en la presencia de motivos grabados en los bloques que forman parte de las aras de sacrificio. Por lo que atañe a los grabados rupestres, éstos representan uno de los elementos más singulares de la protohistoria palmera. La mayor parte de las estaciones (repartidas por toda la isla de forma desigual, especialmente entre los 300 y 500 m. de altitud, aunque también proliferan en las zonas de cumbre), parecen estar directa o indirectamente relacionadas con el mundo de las creencias y prácticas mágico-religiosas, aunque éste sería un concepto cambiante, tanto a nivel individual como comunitario, a lo largo del tiempo.

 

Los motivos representados, ejecutados con técnicas diferentes (picado, abrasión, incisión) son variados: figurativos (cruciformes, triángulos, lineales, reticulados y naviformes), ideogramas geométricos (circuliformes, espirales, círculos, semicírculos, óvalos, grecas, meandriformes, etc.) y alfabetiformes (los únicos conocidos hasta la fecha son los de la Cueva de Tajodeque, relacionados con la escritura líbicobereber).

 

Por último, hay que citar también la existencia de canalillos y cazoletas, estructuras que también podrían estar relacionadas con ritos propiciatorios.

 

Los yacimientos más emblemáticos en relación con los grabados rupestres son los de La Zarza y La Zarcita o El Calvario (Garafía), Belmaco (Mazo) o Lomo Boyero (Breña Alta), habiéndose documentado en este último representaciones de cruces con peana que han sido identificadas con el culto a la diosa fenicio-púnica Tanit. Este tipo de yacimientos, tal y como queda estipulado en la Ley 4/1999 de Patrimonio Histórico de Canarias, gozan de la máxima protección tras su declaración como Bienes de Interés Cultural, pudiendo ser acondicionados para su visita mediante la creación de lo denominados Parques Arqueológicos. En La Palma existen actualmente dos enclaves de este tipo: uno en La Zarza y La Zarcita y otro en Belmaco, contando cada uno de ellos con un Centro de Interpretación.

 

Aborígenes de Canarias (articulo publicado en la revista nº 19 Turismo de Canarias)

 

A. José Farrujia de la Rosa

Doctor en Prehistoria