Oteaba sin remedio y por experiencia, por mi propia profesión y por haberme encontrado en ese pasillo infinito que es “descorchar” con soltura un evento tal, el enviste de una realidad que se despertó hoy día 3 de mayo de 2026 (recuerdo para las madres).
Si, lo saboreé con todos mis sentidos, desde el olfato, el oído, el gusto, y la vista. Pero saben, una de las cosas más importantes que se me deshizo en mi cabeza fue el tacto... el tacto de lo invisible hacia la vista, el tacto impalpable entre el chef y sus creaciones, el tacto químico del conjunto y el saber hacer.
Como dice el título de este artículo, la física de los productos, la química de los sabores y el arte, resume la experiencia ( y sí, la vida son experiencias) exhibida.
El Hotel Botánico, emblema del principio del turismo de Tenerife, con mas de 50 años de constante transformación, se desgrana en tesoros arquitectónicos. Las farolas, los jardines, el brillo constante del agua de la piscina jugando con el sol introduciéndose en la retina de los ojos...
Una sutileza inmejorable rodeaba con un halo de dulzura el entramado de las palmeras, árboles exóticos y la sonrisa infinita de los trabajadores.
Lo sé, no entendí al principio cómo iba a funcionar la experiencia; me senté en la mesa asignada y me atreví con un vaso de agua con gas y una copa de cava. A mi derecha se derramaba un sinfín de dulces de todo tipo: macarrons, tartas, bollería... la fruta y la decoración era exquisita, cerca, comenzaba la zona estratégicamente dispuesta para los quesos, embutidos y salados. Todo en perfecto equilibrio.
Yo, que no soy de dulces, me lancé por la calidad de los productos más atrevidos, productos que en su salado se entremetía en los rincones de la magnífica contundencia del buen hacer. Pata asada, encurtidos, papas negras arrugadas con mojo rojo y verde, infinidad de quesos, pescados ahumados y el siempre impertérrito jamón serrano.
De fondo, nada estridente, se fundía la inmejorable carta de música que se puede ofrecer. Embelesado, con el calorcito, la fragancia de la naturaleza que lo envolvía todo y el rastro del Teide escondido entre la clorofila de la vegetación, me llevaba a un terreno inerte de paz y sosiego.
La calidad del producto y la acertada muestra de la cocina tradicional canaria, junto con la variedad de jugos naturales, hicieron de la experiencia un todo (sin contar con la magnífica variedad de dulces).
Todavía tengo en mi cabeza la sensación de haber experimentado algo diferente, entrañable y con un ritmo que justifica la excelencia del buen hacer.
Una experiencia para repetir.
