El mercaurante: o cómo morir entre la sección de limpieza de hogar y las cajas de autoservicio

Mercadona lleva ocho años poniendo taburetes. La hostelería ha tardado ocho años en darse cuenta.

 

Mientras tanto, 1,3 millones de españoles comen comida comprada en supermercados sentados en taburetes de plástico, frente a un microondas compartido y bajo la iluminación romántica de una sección de lácteos. Lo hacen voluntariamente. Y, lo que resulta más preocupante para sus competidores, parecen bastante satisfechos.

- 41.858 millones de euros: Facturación de Mercadona en 2025.

- 700 millones de euros: Facturación de la sección "Listo para Comer".

- 1.729 millones de euros: Beneficio neto de Mercadona en 2025.

- 14,2 euros: Precio medio del menú del día en España.

La gran amenaza: cuatro euros y un microondas

Durante décadas, el menú del día fue una de las instituciones más sólidas de la economía española.

No figuraba en la Constitución, pero poco le faltaba.

Entrabas en un bar, te sentabas, recibías pan que nadie había pedido, elegías entre tres primeros y tres segundos, escuchabas al camarero recitar los postres a velocidad supersónica y salías convencido de haber participado en un ritual colectivo.

Luego apareció un supermercado.

Y puso unas sillas.

El modelo es absurdamente sencillo.

Entras en Mercadona. Coges una lasaña. La pagas. La calientas. Te sientas. Comes.

No hay camarero.

No hay reserva.

No hay espera.

No hay servicio de mesa.

No hay cuenta.

Y la comida cuesta aproximadamente entre cuatro y seis euros.

Frente a los 14,20 euros que cuesta de media un menú del día en España, el consumidor ha hecho la operación matemática más devastadora de toda esta historia: una resta.

La pregunta no es por qué funciona.

La pregunta es por qué alguien pensó que no iba a funcionar.

Ocho años de silencio

La sección "Listo para Comer" nació en 2018.

No la semana pasada.

No hace seis meses.

Hace ocho años.

Durante ese tiempo, Mercadona ha extendido el concepto a prácticamente toda su red de tiendas, convirtiéndolo en uno de los proyectos más exitosos de la distribución alimentaria española.

Solo en 2025 incorporó el servicio a más de doscientas nuevas tiendas.

Por eso resulta llamativo que algunas de las críticas más contundentes lleguen ahora.

Es como descubrir un incendio cuando ya se ha terminado de quemar el edificio y empezar entonces a buscar el extintor.

Los números que explican el enfado

La discusión jurídica es interesante.

La económica es demoledora.

Mercadona cerró 2025 con una facturación de 41.858 millones de euros y un beneficio neto de 1.729 millones, un 25% más que el año anterior.

La sección "Listo para Comer" facturó aproximadamente 700 millones de euros.

Si se suman otros productos preparados y la actividad en Portugal, la cifra vinculada a comida lista para consumir supera ampliamente los 3.000 millones.

Mientras tanto, el mercado de comida preparada en supermercados sigue creciendo a doble dígito.

Las ventas de platos preparados han aumentado más de un 50% desde 2022.

Casi siete millones de personas compraron comida en supermercados para consumir fuera del hogar durante el último año.

Y más de un millón decidió comerla dentro del propio establecimiento.

Lo importante no es la cifra actual.

Lo importante es la tendencia.

La comida preparada ya no compite con cocinar.

Compite directamente con salir a comer.

La tabla que nadie quiere mirar

Producto

Lugar

Precio aproximado

Menú del día (media)

Restaurante

14,20 €

Menú del día (Baleares)

Restaurante

16,00 €

Menú del día (Cataluña)

Restaurante

15,40 €

Menú del día (P. Vasco)

Restaurante

15,80 €

Menú del día (Canarias)

Restaurante

13,00 €

Lasaña individual

Mercadona

4,00 €

Ensaladilla rusa

Mercadona

2,50 €

Paella individual

Mercadona

5,50 €

La diferencia de precio es demasiado grande para ignorarla.

Y aquí aparece la cuestión incómoda.

¿Qué está pagando exactamente el consumidor cuando desembolsa diez euros más?

La hostelería tiene una respuesta perfectamente razonable:

Servicio.

Personal.

Instalaciones.

Alquileres.

Licencias.

Mantenimiento.

Impuestos.

Costes laborales.

Todo eso existe.

Todo eso cuesta dinero.

El problema es que una parte creciente de los clientes ha llegado a una conclusión igualmente razonable: no siempre quiere pagarlo.

El verdadero debate: las licencias

Aquí es donde la discusión deja de ser gastronómica y se vuelve jurídica.

Porque un restaurante y un supermercado no operan bajo el mismo marco regulatorio.

Un restaurante obtiene una licencia específica de restauración.

Un supermercado obtiene una licencia comercial.

Y eso no es una diferencia menor.

La hostelería sostiene que cuando un supermercado instala zonas permanentes para comer, microondas, mesas y espacios destinados al consumo inmediato, está desarrollando una actividad que se parece cada vez más a la restauración.

Si dos negocios ofrecen una experiencia funcionalmente similar, argumentan, deberían competir bajo reglas similares.

La lógica es difícil de ignorar.

Mercadona responde exactamente lo contrario.

No toma comandas.

No tiene camareros.

No sirve mesas.

No presta servicio de restauración.

Simplemente vende productos alimentarios y ofrece un espacio de uso libre para quien quiera consumirlos allí.

La diferencia parece semántica.

Pero de esa diferencia dependen licencias, inspecciones, requisitos urbanísticos y costes operativos.

Por eso la batalla real no gira alrededor de una ensaladilla rusa.

Gira alrededor de una pregunta mucho más compleja:

¿Dónde termina una tienda que vende comida y dónde empieza un restaurante?

La contradicción incómoda

Hay otro aspecto del debate que rara vez aparece en los comunicados oficiales.

Muchos establecimientos tradicionales también trabajan con productos industriales, platos precocinados o elaboraciones de quinta gama.

Nada de ello tiene necesariamente nada de malo.

La industria alimentaria moderna funciona así.

Sin embargo, eso complica el argumento moral.

Porque si parte de la restauración ya utiliza procesos industriales similares a los de la distribución alimentaria, la diferencia entre ambos modelos deja de estar únicamente en la cocina.

Empieza a estar en el servicio.

Y el servicio es precisamente aquello que una parte de los consumidores está decidiendo comprar cada vez menos.

El cambio que explica todo

La polémica de las sillas y los microondas es, en realidad, un síntoma.

El fenómeno importante ocurre fuera de los supermercados.

España tiene hogares más pequeños.

Más personas viviendo solas.

Menos tiempo disponible.

Más teletrabajo.

Más sensibilidad al precio.

Más consumo inmediato.

La comida preparada responde perfectamente a esas tendencias.

El consumidor actual no necesariamente quiere sentarse una hora a comer.

Muchas veces quiere resolver la comida en veinte minutos y seguir con su día.

Mercadona no ha creado esa necesidad.

Simplemente la ha detectado antes que otros.

Veredicto provisional

La hostelería tiene razón en algo fundamental.

No compite exactamente bajo las mismas condiciones regulatorias que los supermercados.

Esa discusión merece atención y probablemente acabará en despachos, informes técnicos y resoluciones administrativas.

Pero también es cierto que la transformación del mercado empezó hace años.

No ayer.

No la semana pasada.

Hace casi una década.

Y durante ese tiempo millones de consumidores han votado con algo mucho más poderoso que una denuncia administrativa.

Su cartera.

Mercadona no ha destruido el menú del día.

Tampoco ha inventado la comida preparada.

Lo que ha hecho es combinar supermercado, conveniencia y restauración ligera en un formato que responde mejor a una parte creciente de la demanda.

Quizá el problema no sea que Mercadona se haya convertido en un restaurante.

Quizá el problema sea que muchos restaurantes descubrieron demasiado tarde que ya no eran la única opción para quien solo quería comer algo rápido, razonablemente bueno y a un precio difícil de discutir.

Y mientras abogados, asociaciones empresariales y ayuntamientos intentan decidir si aquello es un restaurante o una zona de descanso, el consumidor sigue sentado entre los yogures y las cajas de autoservicio.

Comiendo una ensaladilla rusa de 2,50 euros.

Y sin la sensación de estar participando en ninguna revolución.

Solo en el almuerzo.