martes. 07.07.2026

Donativo obligatorio, cambio no disponible

En la primera catedral de Canarias se reza gratis, pero se entra pagando. Eso sí, sólo en metálico, que la fe moderna todavía no tiene datáfono.

 

Iglesia de La Inmaculada Concepción, Betancuria
Iglesia de La Inmaculada Concepción, Betancuria

Betancuria se camina despacio, casi por obligación. Las calles empedradas no perdonan las prisas y el pueblo entero parece haberse quedado congelado en el siglo XV, cuando Jean de Béthencourt decidió que aquel valle escondido entre montañas era buen sitio para fundar una capital. Seiscientos años después, uno pasea entre esas mismas piedras sintiendo el peso de la orchilla, de los piratas, de una capitalidad perdida, y piensa, ingenuamente, que lo más difícil del día va a ser digerir tanta historia. Se equivoca. Lo más difícil va a ser encontrar un cajero.

La visita obligatoria

Entre las paradas que nadie se salta está la iglesia de la Inmaculada Concepción, antigua catedral, corazón de piedra del primer obispado canario. No hay museo diocesano de arte sacro, que conste: hay iglesia, y punto. Una iglesia cargada de siglos, de retablos y de un silencio que uno solo encuentra en los sitios que de verdad han visto pasar la Historia con mayúscula. Uno entra dispuesto a dejarse impresionar. Lo que no esperaba es que antes de dejarse impresionar por Dios, tuviera que impresionar primero a la portera.

Porque en la puerta, custodiando el paso al templo con más disciplina que un funcionario de aduanas, aguarda la señora encargada de cobrar la entrada. Dos euros. Cantidad módica, razonable, y hasta ahí, nada que objetar: mantener siglos de patrimonio cuesta dinero y a nadie le amarga un donativo justo. El problema llegó cuando, con la naturalidad del año 2026, saqué la tarjeta.

"No, tarjeta no. Si quiere entrar, busque metálico."

Rotundo. Sin matices. Como si la banca electrónica fuera una herejía más grave que las que en su día persiguió el propio obispado. Le pregunté, algo incrédulo, si de verdad no había otra forma de pago en pleno siglo XXI. La respuesta fue la misma, solo que esta vez acompañada de un gesto que dejaba claro que la conversación había terminado.

El peregrinaje al cajero

Así que, en lugar de peregrinar hacia el altar, tocó peregrinar hacia el cajero más cercano, que en Betancuria no es que abunden precisamente. Un buen rato caminando entre casas encaladas, pensando en la ironía de que la casa del Señor te expulse temporalmente para que vayas a hacer negocios con el Banco. Volví, finalmente, con mis euros en metálico, sintiéndome más un contribuyente que un visitante.

NOTA AL MARGEN

Si el objetivo de entrar es simplemente rezar, la lógica se rompe igual: tampoco se puede pasar sin pagar. Así que rezar, lo que se dice rezar, en la casa del Señor, en Betancuria, también tiene su peaje.

Le comenté a la portera, ya con el dinero en la mano, que quizás convendría actualizarse en métodos de pago, que estamos en el siglo que estamos y que hasta el quiosco de la esquina tiene datáfono. La sugerencia cayó en saco roto. Con total tranquilidad me indicó que, si tenía quejas, se las hiciera llegar por escrito al Obispado de Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria. Como quien te remite a atención al cliente después de una reclamación en unos grandes almacenes.

El ticket que lo delata todo

Pagué. Entré. Y me dieron un ticket. Un ticket que, como buen periodista, no pude dejar de leer con detenimiento. Y ahí estaba: "DONATIVO: 2 euros". Donativo. Esa palabra que, en cualquier diccionario que uno consulte, significa aportación voluntaria. Libre. Sin obligación. Confieso que en ese momento empecé a sospechar que aquello no terminaba de cuadrar del todo.

Soy empresario, y sé perfectamente lo que hay que declarar y tributar en este país por cualquier actividad económica, por pequeña que sea. Así que cuando un donativo se convierte en condición innegociable para entrar, cobrado exclusivamente en metálico y sin alternativa alguna, uno empieza a preguntarse si no estará ante el modelo de negocio más ingenioso jamás disfrazado de acto de fe.

Con su aportación, colabora usted al sostenimiento de este templo, primera catedral de Canarias.

Con su aportación, colabora usted también a mi confusión fiscal.

Una sugerencia, con todo el cariño

No tengo nada en contra de que se cobre por visitar un templo con semejante peso histórico. Me parece justo, incluso necesario para su conservación. Lo que ya no me parece tan justo es que en pleno 2026 el visitante tenga que ir de excursión buscando un cajero mientras la Iglesia, convertida de facto en gestora turística, se mantenga instalada cómodamente en el efectivo, terreno donde, dicho sea de paso, todo resulta bastante más difícil de rastrear.

Si esto es un negocio, y por la insistencia en el metálico y la etiqueta de "donativo" todo apunta a que lo es, quizás lo más honesto sería llamarlo por su nombre. Poner un precio de entrada, no un donativo. Instalar un datáfono, no una carta de sugerencias al Obispado. Y sobre todo, dejar de tratar al visitante del siglo XXI como si viviera en el XV, que para atmósfera medieval ya tenemos de sobra con el empedrado de la calle.

Mientras tanto, seguiré recomendando la visita a Betancuria con los ojos cerrados: sus calles, su historia, su silencio de primera capital lo merecen. Solo un consejo, por si acaso: lleven metálico. Dios, por lo visto, todavía no acepta tarjeta.

Donativo obligatorio, cambio no disponible