Imagina un hombre que camina por el bosque y, en vez de ver árboles, ve columnas. Que mira el esqueleto de un animal y calcula ángulos de carga. Que observa una ola y piensa en tejados. Ese hombre existió, cojeaba un poco por culpa del reumatismo, comía casi exclusivamente hojas de lechuga con leche y acabó muriendo atropellado por un tranvía con la ropa tan raída que lo confundieron con un mendigo. Se llamaba Antoni Gaudí i Cornet, y sin proponérselo del todo, reescribió las reglas de lo que un edificio podía ser.
Nació en 1852 en Reus, o quizás en Riudoms —el debate sigue vivo entre eruditos locales con demasiado tiempo libre—, hijo de un calderero. De ese oficio artesanal, dicen sus biógrafos, heredó algo esencial: la capacidad de pensar en tres dimensiones antes que en el papel. Mientras sus compañeros de la Escuela de Arquitectura de Barcelona dibujaban fachadas neoclásicas correctas y aburridas, él ya soñaba con estructuras que parecían haber crecido en vez de haber sido construidas.
Un aprendiz con delirios de grandeza
El director de la escuela, al entregarle el título en 1878, pronunció una frase que se ha repetido hasta la extenuación porque resume perfectamente el desconcierto que generaba: no sabía si le estaba dando el diploma a un genio o a un loco. El tiempo, como suele hacer, terminó dándole la razón a ambas posibilidades a la vez.
El gran golpe de suerte de Gaudí tuvo nombre y apellido: Eusebi Güell, un industrial textil catalán con fortuna suficiente para permitirse caprichos arquitectónicos y buen ojo para detectar el talento antes de que este se hiciera evidente para el resto del mundo. De esa amistad —mecenazgo, en realidad, aunque la palabra suene fría para lo que fue— nacieron el Palacio Güell, las Bodegas Güell, el Parque Güell y una relación de complicidad creativa que le dio a Gaudí algo que pocos artistas consiguen: libertad absoluta para experimentar sin que nadie le pidiera cuentas del presupuesto.
La línea recta pertenece a los hombres. La curva pertenece a Dios.
Esa frase, atribuida a Gaudí con la fiabilidad relativa que tienen todas las citas célebres, condensa su obsesión central. Había estudiado la naturaleza con la meticulosidad de un ingeniero y la devoción de un místico: los huesos, las conchas, los troncos, las montañas de Montserrat. Ninguno de esos elementos usa ángulos rectos para sostenerse, así que ¿por qué debía hacerlo la arquitectura? De ahí las columnas inclinadas que imitan árboles, los techos que ondulan como dunas, las chimeneas de la Casa Milà que parecen guerreros medievales petrificados a media batalla.
El amor que no construyó nada
De toda la obra de Gaudí, hay una que nunca llegó a levantarse: la de su propia vida familiar. No se casó. No tuvo hijos. Y no fue, como podría pensarse, por falta de intento. De joven, mientras aún daba sus primeros pasos como arquitecto, se enamoró de Josefa Moreu, una maestra de escuela con ideas propias y poca paciencia para las insistencias de un pretendiente. Ella lo rechazó, y según cuentan algunos biógrafos, terminó casándose con otro hombre mientras Gaudí todavía guardaba la esperanza. No hay registro de que volviera a intentarlo con nadie más. Fue el único amor documentado de una vida entera.
Lo que hizo después con esa soledad es, quizás, la clave para entender el resto de su biografía. En lugar de llenar ese vacío con otra relación, lo llenó con trabajo y con fe. Su catolicismo, que ya era firme desde joven, se fue haciendo cada vez más estricto con los años, hasta rozar el ascetismo: ayunos prolongados, misa diaria, una austeridad personal que sus contemporáneos encontraban casi excesiva en un hombre de su prestigio. Vivía solo, primero en distintas residencias de Barcelona y, en su tramo final, directamente en un cuarto dentro del taller de la Sagrada Família, rodeado de planos, yesos y maquetas en vez de una familia.
No dejó viuda ni descendientes que reclamaran su legado. Dejó, en cambio, una catedral inacabada como único heredero. Y si se mira con algo de distancia, no resulta descabellado pensar que la Sagrada Família fue, para Gaudí, lo más parecido que tuvo a un hijo: algo a lo que dedicó cada hora disponible, que superviviría después de él, y por cuyo futuro seguía preocupándose incluso en sus últimos días.
Manías de un hombre observador
Gaudí tenía la clase de manías que solo tiene la gente que mira el mundo con demasiada atención. Era un caminante compulsivo: recorría Barcelona a pie durante horas, deteniéndose a examinar una hoja, un caparazón de caracol, el esqueleto de un pájaro muerto en la acera, como si cada objeto cotidiano escondiera una lección de ingeniería que el resto de los mortales no sabía leer. Su estudio y su cuarto terminaron llenos de esos hallazgos: ramas retorcidas, conchas, huesos, fragmentos minerales que después reaparecían, transfigurados, en alguna columna o en algún remate de sus edificios.
Era también, a su manera, un fanático de la salud. Siguiendo las teorías naturistas en boga en su época, adoptó una dieta extremadamente austera —lechuga, nueces, algo de leche— y practicaba ayunos que en más de una ocasión preocuparon a sus amigos por lo debilitado que lo dejaban. No fumaba, apenas bebía, y desconfiaba profundamente de la medicina convencional.
Y luego estaba el catalanismo, que en él no era una postura política discreta sino una cuestión casi religiosa. Se dice que, en un encuentro con el rey Alfonso XIII, se negó a dirigirse a él en castellano y le habló en catalán, sin disculparse por ello. Para trabajar, además, desarrolló un método tan obsesivo como brillante: construía maquetas colgantes con cuerdas, cadenas y bolsitas de perdigones para calcular por gravedad la curva exacta que debían tener sus arcos, un sistema artesanal que hoy cualquier ingeniero estructural reconocería como una proeza de cálculo hecha a mano, sin ordenadores, sin fórmulas escritas, solo con el peso de las cosas cayendo hacia el suelo.
La Barcelona que se volvió suya
Entre 1883 y 1926, Gaudí transformó el paisaje urbano de Barcelona con una serie de obras que hoy son sinónimo de la ciudad misma: la Casa Batlló, con su fachada de huesos y escamas que parece respirar; la Casa Milà, apodada La Pedrera por su fachada rocosa y ondulante que escandalizó a los barceloneses bienpensantes de la época; el Park Güell, concebido originalmente como una urbanización residencial fallida que terminó convertida en uno de los parques más fotografiados del planeta.
Pero fue la Sagrada Família la que se convirtió en su obsesión final y definitiva. Tomó las riendas del proyecto en 1883, con apenas treinta y un años, y lo convirtió progresivamente en el centro absoluto de su existencia. A medida que pasaban los años, Gaudí fue abandonando otros encargos, otros clientes, otras vanidades, hasta instalarse literalmente a vivir en el taller de la obra. Se dice que en sus últimos años apenas se distinguía del resto de los albañiles: la misma ropa gastada, las mismas manos encallecidas, la misma devoción silenciosa por una catedral que sabía que no vería terminada.
Un final tan extraño como su obra
El 7 de junio de 1926, mientras caminaba hacia la iglesia de Sant Felip Neri para su confesión vespertina, un tranvía lo atropelló en plena calle. Nadie lo reconoció de inmediato: su aspecto humilde hizo que varios taxistas se negaran a llevarlo al hospital, confundiéndolo con un vagabundo. Terminó en una sala para pobres del Hospital de la Santa Creu, y cuando finalmente alguien identificó al arquitecto más célebre de Cataluña tendido en aquella cama, ya era demasiado tarde para trasladarlo a un lugar mejor. Murió tres días después. Toda Barcelona salió a despedirlo en un funeral multitudinario, y fue enterrado en la cripta de la Sagrada Família, dentro de la obra que consumió su vida entera.
Casi un siglo después, las grúas todavía rodean sus torres. La Sagrada Família sigue sin terminarse, financiada exclusivamente por donaciones y entradas de turistas, como si la propia ciudad hubiera decidido tácitamente que una obra de Gaudí nunca debe darse por concluida del todo. Quizás sea la broma final del arquitecto: construir algo tan ambicioso que ni la muerte, ni el tiempo, ni un siglo de albañiles después de él hayan logrado ponerle un punto final definitivo.
