Un museo de arte, paciencia y ternura

Un museo de arte, paciencia y ternura

QUIENES me leen, conocen ya mi admiración por Rumanía, país de gran belleza y variedad, en el que aún se conservan tradiciones milenarias y una pasión por la artesanía olvidada en otras naciones europeas o, al menos, no ejercida como una actividad predominantemente creativa y artística, sino turística y comercial. 

Con motivo de mi último viaje a Bucarest, a Sibiu y a los Monasterios de la Bucovina, he tenido nueva ocasión de encontrarme con esa encantadora gente rumana, que te recibe como si fueras el rey venido a visitarles y se entusiasman por poder charlar con el que llega, bien sea por signos, o recurriendo al inglés y al francés -que muchos conocen-, o dejándose llevar por la intuición, cuando los interlocutores son españoles y tienen en común con el rumano palabras de hoy o enhebrados, en el ayer, al común tronco latino. 

Ya he escrito alguna vez que el mejor museo de la artesanía rumana, en su plenitud, podría ser el gigantesco Palacio del Parlamento, que levantaron, sobre las ruinas de calles y casas derribadas a propósito para ese fin, miles de rumanos dirigidos por la batuta de aquel hombre pequeño pero dictador en grande que se llamó Ceaucescu. En ese Palacio -de dimensiones absurdas por lo descomunales, de imposible uso pues sobra parte del espacio, con enormes salas de exagerado aforo, y de elevado gasto de sostenimiento-, las maderas, los mármoles, los estucos, las lámparas, los muebles, los suelos, las cortinas y cuanto el visitante encuentra a su paso por los inmensos pasillos, traen el recuerdo de tantos esfuerzos realizados por la mano de unos artesanos sin competidor en cuanto a la calidad de la manufactura y al afán de ascender desde la primorosa artesanía hasta el arte. 

Dicen que, casi "manu militari", Ceaucescu trajo a los mejores para edificar ese monumento dedicado a él mismo, ese atributo a su megalomanía. Pero, con ser evidente la vocación estética de cuantos tomaron parte en la obra, el que recorre el país puede comprobar en seguida que son muchos los rumanos que hoy podrían ser convocados para incrementar con su actual dedicación cualquier museo de la artesanía de ese país. 

Por haber conseguido convertir en arte lo que era primordialmente un trabajo artesano, por la ternura que me inspira su obra y por el modo con que la ofrece y promueve, quiero hoy recordar a Lucia Condrea, cuyo Museo Internacional del Huevo Decorado, no sólo es muy visitado en su emplazamiento (Comuna de Moldovita-Bucovina), sino que se desplaza en parte, de forma que es fácil encontrar algunas de sus piezas en muchas de las más importantes muestras mundiales, en cuyos viajes suma ya unas 80 exposiciones. En una de sus más recientes salidas al extranjero, su "Muzeul International Oualor Incondeiate, Lucia Condrea" ha viajado hasta Suiza y obtenido un nuevo resonante éxito por el interés de su arte. 

Lucia, que ejercita su arte en otros campos, es fundamentalmente especialista en huevos decorados, esos huevos, predominantemente de Pascua, que el propia Faberge, no ha dudado en tomar como un referente entre sus joyas. Lucía Condrea, podría ser como tantas otras mujeres rumanas, que uno puede ver en hileras compuestas de madres e hijas, de vecina y de amigas, charlando, sentadas sobre los campos anejos a sus viviendas, mientras no dejan ni un momento de adornar los huevos con vivos colores; pero ella ha dado un paso más y ha puesto la paciencia, que considera como fuente de vida, en el empeño de convertir la artesanía en arte mayor Y así lo ha conseguido, dejando sobre sus "lienzos" -los huevos de gallina- imaginativos o reales dibujos de flores y paisajes, abstractas reproducciones de encajes antiguos, copias de grandes pintores, círculos, encadenados en geometrías geniales, diminutas copias de toda suerte de animales reales o fantásticos surgidos en la fértil mente de la artista. Incluso la colección cuenta con huevos esculpidos, cuyos dibujos traspasan la cáscara, hechos a punzón, realización que particularmente considero casi milagrosa, dada su tremenda dificultad. 

En el Museo de Lucia Condrea, que lleva abierto 15 años, se ofrecen en cuidadas estanterías unos 1.200 objetos, en su mayor parte huevos decorados, juntos a algunas joyas, piedras preciosas o telas y objetos de interés. El Museo dispone de piezas de todo el mundo, en una de sus tres secciones, pero la más copiosa e importante de sus secciones es, sin duda, la que atesora el arte de su dueña, que incluso se ha convertido en maestra de tantos como, incluyendo turistas, particularmente japoneses, se acercan a ella deseosos de aprender una técnica difícil, que ha de iniciarse sobre huevos de cera, porque - y esto lo pienso yo - no habría suficientes aves en el mundo para poner tantos como supongo que romperían los principiantes.