LOS DESCENDIENTES DE LOS INCAS AÚN ESPERAN EL RETORNO DEL INCARRI

LOS DESCENDIENTES DE LOS INCAS AÚN ESPERAN EL RETORNO DEL INCARRI

El Incurrí!, ¡el Inca Rey!...en las alturas andinas los descendientes del orgulloso pueblo incaico que dominó el extenso imperio del Tauntisuyo, sueñan con futuros días de esplendor. La profecía afirma que, cuando los españoles acabaron con la vida del último Inca -Tupac Amaru- en Cuzco (1572), los fieles seguidores del rebelde enterraron la cabeza de su caudillo en lo más profundo de la Pachamama (la madre tierra). A partir de la cabeza, se está regenerando lentamente todo el cuerpo del Incarri y pronto resurgirá de las profundidades de la tierra trayendo consigo el oro y el poder de esta indómita raza.

Mientras tanto, los quechuas y aymarás viven en los pelados cerros de la Cordillera Andina, con un implacable sol de justicia que les castiga en el hueco del día para dar paso a las heladas noches de la puna. Habituados al medio en que se desenvuelve su laboriosa vida, estos indígenas tienen más desarrollado de lo normal el corazón y los pulmones. A veces acusan el soroche (mal de altura), pero normalmente son los extranjeros los que sufren las consecuencias de soportar altitudes entre 2.500 y 4.500 metros.

Jornadas en la Puna

Un día normal en la puna puede comenzar muy temprano, de madrugada. Desde muy tierna edad (a veces 5 años) los niños marchan del hogar con sus escasos rebaños de llamas o alpacas en busca de pastos. La llama es el camélido andino por excelencia. Es animal de carga; su lana es aprovechada para el abrigo y su leche para el comercio; y su carne se utiliza como alimento fresco y en conserva (la carne secada al sol se llama chasqui). Sus huesos sirven para construir herramientas, y hasta su excremento se utiliza como combustible y abono. Los pastores andinos sienten por sus animales un cariño especial, pues a menudo son sus únicos acompañantes y confidentes durante los interminables pastoreos. Por ello, frecuentemente participan estos animales en los festejos familiares o de la aldea, siendo decorados con cintas de colores. A veces también se les emborracha con la bebida típica de la chicha, que se obtiene de la fermentación de cierto tipo de maíz.

En esta pincelada pastoril falta un ingrediente: la quena. Pastor, llama y quena forman una simbiosis perfecta. La quena ofrece un sonido suave que encaja perfectamente con la tristeza y majestuosidad del paisaje de tonos ocres, amarillos y terrosos.

La coca es otra gran compañera de los nativos. Es muy frecuente ver a los indígenas con dos saquitos colgados de su cintura: en uno llevan hojas de coca y en el otro cal o yifta. Cuando el hambre o el frío se hacen insoportables, cogen 2 ó 3 hojas de coca y un poquito de cal. Estos dos elementos mezclados con la saliva convierten a la boca en un pequeño laboratorio donde, por un complicado proceso natural, el usuario elimina la escasa cocaína mientras el organismo absorbe rápidamente los minerales y las vitaminas B1, B2 y C (elementos que previenen la hipoglucemia). En todos los hoteles de Cuzco (3.200 metros) y de otras ciudades de elevada altitud es muy frecuente que se ofrezca al visitante un mate de coca que, sin duda, restaura el tono vital del cliente.

Además del pastoreo, otra tarea cotidiana es el cultivo y cuidado de la patata, que procede del Lago Titicaca. Los primeros europeos que entraron en contacto con este alimento fueron los españoles, pero despreciaron este alimento por considerarlo insípido. Muchos años más tarde, el inglés Francis Drake la probó y pensó que sería fácilmente adaptable en Europa, por lo que la trajo al Continente, desde donde fue cultivada y esparcida hacia todos los países. Para el agricultor andino la cosecha de la papa es un momento importante. Se distinguen más de 400 variedades y se cocina de mil formas diferentes. Una de las más usuales es la huatia (o papa asada a la brasa), a la que suelen aliñar con el rocoto (o pimiento picante). Además de la papa cultivan la quina, mesua y maíz, del que -solo a lo largo del Valle Sagrado- se pueden contemplar hasta 77 variedades de diferentes colores y tamaños.

El pastoreo y el cultivo de la tierra son las actividades que llenan las jornadas de los indígenas, pero hay una tercera tarea complementaria a estas dos: los mercados. Depende de los lugares, pero al menos una o dos veces por semana se concentran en algún lugar de la sierra o en algún pueblo  mercadillos callejeros que vienen a completar  su débil economía y dieta. En estos coloristas lugares es muy frecuente que se utilice el trueque como forma de pago. En uno de estos mercadillos fui testigo de la "metodología" empleada para ello: una lugareña ataviada con su colorista atuendo y su típico gorro serrano llegó muy temprano cargada con hojas de coca que llevaba en un saco. Buscó un lugar a la sombra y se acomodó. Al rato llegó otra campesina con un saco lleno de una variedad de papas muy pequeñas y tiernas a las que llaman oyuquitos. Ambas mujeres se miraron y observaron las mercancías. Sin mediar palabra, la propietaria de las papas fue echando puñados  sobre el delantal de la primera hasta que ésta asintió varias veces con la cabeza. Entonces fue su turno. Dejó a un lado su adquisición y comenzó a echar puñados de hojas de coca en el delantal de su interlocutora hasta que asintió con la cabeza. Una vez culminada la operación marchó la una y permaneció la otra a la espera de nuevas transacciones.

El mercado es un estallido de luz y color. Además de productos alimenticios, se ven puestos con ponchos de alegres tonalidades, jerseys, sombreros, etc. También hay productos artesanales y objetos para la cocción de alimentos. No hay en estos mercadillos una producción orientada al turista, sino más bien géneros de utilización práctica.

Recordando sus raíces

El ajetreo y aparente dinamismo de los mercados serranos no pueden ocultar la pobreza que preside la vida de estas familias que, carentes a veces de las necesidades más básicas, recurren en las frías noches a entretener sus veladas relatando historias contemporáneas o rememorando las épocas de su glorioso pasado que, según las profecías, volverá pronto a sus vidas.

El origen del pueblo incaico es uno de los misterios más apasionantes de la historia, ya que carecían de escritura y recurrían a los relatos orales trasmitidos de generación en generación y a los quipucamayoc (cuerpo de funcionarios que anudaban en cintas de colores las etapas más importantes para el recuerdo histórico o para la contabilidad de las cosechas, etc. Los relatos orales a veces eran trastrocados voluntaria o involuntariamente. Los cronistas españoles que los recogieron también modificaron su contenido o lo interpretaron a su manera. Sin embargo, parece que las investigaciones modernas indican la procedencia incaica a partir del Lago Titicaca. La historia-leyenda nos dice que los hermanos-esposos Manco Capac y Mama Ocllo partieron del lago y, tras una extensa peregrinación, llegaron a un lugar donde el báculo de oro se hundió en la tierra -signo de su fertilidad-, tal como les había sido indicado por el Dios-Sol. Allí es donde debían fundar la estirpe de los incas y el Imperio del Tahuantisuyo.

A partir de este momento se produjo la expansión y el imperio que encontraron los españoles a su llegada fue, junto al azteca, el más avanzado de la América prehispánica. Sus 5.000 kilómetros de posesiones eran comparables al Imperio Romano; su estructura política, económica, militar y cultural era compacta. El poder lo ejercía el "Hijo del Sol" y las fronteras del Tahuantisuyo comprendían desde el actual sur de Colombia hasta el norte de Chile, a lo largo de la costa del Pacífico, teniendo la cordillera de los Andes como línea operativa principal y comprendiendo también regiones de las actuales Brasil, Bolivia y Argentina. Cuzco era el ombligo del mundo, el centro de su poder  y el punto desde donde partían los cuatro caminos o suyos que conectaban la capital con todos los rincones del imperio, teniendo en cuenta que la primera obra que acometieron fue su magnífica red viaria a través de intrincados caminos andinos -red que se ha venido aprovechando muchos años después de la desaparición del poder incaico.

Fusión de razas y creencias

Transcurrieron siglos de dominación española, llegó la independencia de los países de Sudamérica, pero...¿en qué medida se ha alterado durante todo este tiempo la vida de los quechua-parlantes? Muy poco. Las crestas y los valles de la imponente cordillera guardan los misterios de una civilización emblemática que se oculta entre las viejas piedras de la ciudad sagrada de Machu Pichu protegida por los dos enormes macizos-guardianes: el  Huaina Pichu (pico joven) y el Machu Pichu (pico viejo). En este recóndito escondite, en la parte más sinuosa de los Andes centrales, se refugiaron los últimos resistentes incaicos para proteger su civilización de la ya incontenible dominación española. En este refugio sagrado construyeron una ciudad que conserva sus bien trazadas calles, su reloj solar -intihuaitama-, y sus barrios de agricultores, de nobles, etc. Hoy día Machu Pichu guarda el importante sello de algo mágico que no se puede mancillar.

En los alrededores de la ciudad y en todo el Valle Sagrado los descendientes de los hijos del Sol conformaron lo más genuino de esta raza que soportó con valentía la dominación española, asistió esperanzada a la independencia de su país y soporta desencantada las causas de la pobreza que ninguno de los gobernantes (ni los conquistadores ni los surgidos tras la independencia) ha sabido paliar. Para ellos, genuinos y auténticos pobladores de su patria, es irrelevante quién esté en el poder. "De todas formas habla español"... me decía un anciano campesino, con su rostro surcado por mil arrugas y su espalda corvada por el peso de un enorme saco de patatas. En efecto... total...cualquiera que gobierne no es de los suyos. Él y su familia hablan quechua (su mujer y su hija ni siquiera entienden el español; sus dos hijos sí lo hablan). La pachamama sigue siendo la base de su sustento. Cerca de su pueblo hay unos arqueólogos españoles realizando excavaciones. Agapito Sahucumán y su familia, al igual que todos los de la aldea critican esta actividad porque, según me explicó, "No es bueno remover las entrañas de la pachamama. Si se enfada, nos puede castigar con enfermedades y con plagas. A ustedes no les castiga porque son blancos y se van lejos, pero a los que nos quedamos aquí sí".

Tras la colonización española se produjo el mestizaje y la  interconexión cultural, pero, en los inaccesibles cerros andinos donde se refugiaron lo últimos resistentes, aún se mantiene un enorme porcentaje de raza incaica pura. Aunque muchos de ellos tengan nombres españoles (no apellidos) y practiquen la religión católica, siguen manteniendo sus antiguos ritos y creencias. Hoy día es muy frecuente ver en los caminos montoncitos de piedra (huacas) sagrados, que protegen al caminante de los genios malignos. En las fiestas de los pueblos se venera al patrón Santiago, a la Virgen o a otros santos, pero también se rinde culto a los espíritus que pueblan los cerros, los caminos o los árboles.

En cierta ocasión pude presenciar el siguiente hecho: en Santa Rosa de Lima una campesina rezaba a la Virgen con suma devoción, casi en voz alta. Impresionada por su pena, salí del templo al mismo tiempo que ella y vi cómo se dirigía a un montoncito de piedras que había a la vuelta de la iglesia. Allí oró de nuevo a su huaca. Me atreví a preguntarle si podía ayudarle en algo. Su problema era que tenía un hijo muy enfermo y, según me contó, "yo rezo a la virgencita y a mi huaca por si alguno me quiere hacer la merced de curarlo"...Eso es. La cuestión consistía en que se lo curasen. Le daba igual que fuesen la Virgen, los santos, los espíritus o cualquier otro. En un medio tan hostil no se puede permitir el lujo de despreciar ningún favor, venga de donde venga.

Los Hijos del Sol viven hoy de los sueños y de la esperanza

Una campesina -pequeña, regordeta y de edad indefinida-me contaba con una gran sonrisa que la pobreza en que viven no será para siempre, pues ya está cerca el día del retorno del Incarri, que les devolverá el esplendor de antaño. El viento de los Andes traslada éstas y otras leyendas que crecen en poblados remotos, donde aún se cree a pies juntillas que, cuando llegaron los españoles, mediante algunos sortilegios muchos incas se fueron volando por los cerros llevándose consigo el oro tan apetecido por los conquistadores junto con otros secretos. Cuando el Incarri esté regenerado, los incas volverán volando por el mismo camino por el que se fueron, trayendo consigo el oro y los secretos para que los hijos del Sol vuelvan a gobernar.

Mientras tanto llora la quena en las tristes noches llevando  su nostalgia y mensaje de esperanza por los valles. No importa el frío ni el hambre...Dentro de poco regresará el Incarri.

Curiosidades y Costumbres

- En las alturas andinas es frecuente que ofrezcan a visitante una comida llamada pachamanca. Se trata de carnes y patatas cocinadas dentro de la tierra con piedras calientes. Suele ser carne de llama, de alpaca o de cuy. El método de  cocinado es sano y seguro. No es recomendable consumir comidas ofrecidas en puestos callejeros ni agua sin embotellar.

- A veces se producen pequeños temblores de tierra que no llegan a ser terremotos. Para el occidental es motivo de alarma, pero los andinos están habituados, pues hay días en que se producen varios "temblorcitos". Lo aconsejable es salir al exterior si se está bajo techado.

- Los antiguos incas concedían gran importancia a las relaciones sexuales, como se desprende de la gran variedad de objetos artesanales con alusiones a actos u órganos sexuales. En Lima hay un Museo denominado Larco Herrera dedicado casi exclusivamente a esta temática

-Los incas creían, y en la actualidad creen también, en la vida de ultratumba, por lo que a los nobles se les momificaba convenientemente pertrechándoles de comida, ropa, objetos preciosos y joyas para que en el más allá no careciesen de ninguna de las comodidades que habían tenido en esta vida. A veces se sacrificaba también a esposas y siervos para acompañar al difunto en la otra vida.