Betancuria, primera Capital de Canarias
Habité Fuerteventura buscando un pueblo pequeño y me encontré, sin esperarlo, con la capital entera de un archipiélago dormido entre montañas. Esto es lo que vi, y lo que entendí, en las pocas horas que pasé allí.
No sabía, cuando arranqué el coche esa mañana, que iba a pasarme el resto del día pensando en un normando de hace seiscientos años. Iba a Betancuria como se va a tantos sitios: con la excusa del paisaje y la promesa de un pueblo bonito para las fotos. Lo que no imaginaba es que el paisaje iba a desaparecer casi de inmediato, tragado por una pregunta mucho más terca: ¿por qué aquí? ¿Por qué, de entre toda una isla abierta al Atlántico, alguien eligió precisamente este pliegue de tierra, escondido, seco, lejos de todo, para fundar la primera capital de Canarias?
La carretera desciende desde la Degollada de Vergara en una sucesión de curvas que te obligan a bajar la velocidad y, con ella, algo del ruido de la cabeza. Y entonces, sin aviso, el valle se abre debajo como si alguien hubiera corrido una cortina que llevaba siglos cerrada. Entre montañas de color óxido y ceniza, un puñado de casas blancas se aprieta alrededor de una torre de iglesia. Frené. Por la sensación —rara, casi física— de estar mirando algo que pesaba más de lo que se veía.
Aparqué junto a la iglesia y caminé sin rumbo, que es como mejor se camina en los pueblos que ya no tienen prisa. Y lo primero que noté fue el silencio. No el silencio triste de los pueblos vaciados, que se reconoce enseguida por las persianas cerradas y la maleza en las aceras, sino otro silencio distinto: más viejo, más denso, casi orgulloso. El silencio de un lugar que ya lo vio todo —guerras, obispos, piratas, sequías, la pérdida de su propio poder— y que ya no necesita demostrar nada a nadie. Betancuria no calla porque esté muerta. Calla porque ya habló bastante.
Cuesta creer, caminando por sus calles, que ese caserío diminuto —hoy el municipio menos poblado de toda Canarias, con apenas ochocientos vecinos repartidos entre casas de piedra y cal— gobernó un archipiélago entero durante más de cuatro siglos. Pero lo hizo. Y para entender cómo, tuve que retroceder, allí mismo, de pie en su plaza, hasta 1404.
El normando que vino a hacer negocios
Ese año llegó un caballero llamado Jean de Béthencourt, acompañado de su socio Gadifer de La Salle, con la conquista de Lanzarote ya hecha y Fuerteventura por delante. Y aquí empieza lo que a mí, paseando entre sus muros, más me sedujo de toda la historia: Béthencourt no eligió este valle por su belleza. La eligió por precaución.
La costa de Fuerteventura, abierta y desprotegida, era una invitación permanente a los piratas berberiscos que rondaban el Atlántico como lobos pacientes. El interior, en cambio, ofrecía algo mucho menos fotogénico que el mar pero infinitamente más valioso para quien quiere sobrevivir: agua, tierra fértil y la posibilidad de ver venir al enemigo con tiempo de sobra para defenderse. Betancuria nació, literalmente, escondida. Y tomó el nombre de su fundador, como si el propio Béthencourt hubiera querido dejar su firma en el único sitio del que no pensaba dejarse expulsar.
No le faltaba razón a la cautela, aunque tampoco le bastó del todo. Casi dos siglos después, en 1593, las hordas berberiscas del arráez Xabán consiguieron llegar hasta el propio Betancuria y quemaron y desvalijaron sus edificios principales, incluida la iglesia. Me quedé un rato frente a esos muros pensando en eso: en que ni el valle más escondido del mundo protege del todo cuando alguien está decidido a encontrarte.
Béthencourt llegó a Fuerteventura en 1402, dos años antes de fundar Betancuria, tras haber conquistado ya Lanzarote junto a Gadifer de La Salle. Fue el primer asentamiento europeo estable de todo el archipiélago, y también sede del primer obispado de Canarias. Jean llegó tras su ruina personal de 1401, la acusación de piratería en la corte francesa, y la bula de indulgencia del antipapa Benedicto XIII como coartada de cruzada. Así queda claro que detrás del título y la orchilla había también un hombre huyendo hacia adelante.
El barón que olía el negocio en los riscos
Hay un detalle de esta historia que casi nadie cuenta y que a mí, personalmente, me cambió la manera de mirar el paisaje volcánico que rodea el pueblo. Béthencourt no era solo un guerrero. Era, ante todo, comerciante. Como barón de Grainville-la-Teinturière, venía de una familia dedicada a la producción de orchilla, un liquen que se usaba para teñir telas de un púrpura carísimo en la Europa medieval. Cuando desembarcó en los acantilados de Fuerteventura y descubrió que la isla entera estaba tapizada de ese mismo liquen creciendo salvaje entre los diques volcánicos, algo debió encenderse en su cabeza de tintorero. La conquista, para él, no era solo gloria. Era también, sin ningún pudor, negocio.
Subí después al mirador que abre la entrada al valle, el que todo el que visita Betancuria acaba fotografiando sin saber muy bien por qué le impresiona tanto. Y allí estaban, en bronce, los otros protagonistas de esta historia que la piedra recuerda mejor que los libros de texto: dos esculturas descomunales representan a Guise, rey majo de Maxorata, en el norte de la isla, y a Ayose, rey de Jandía, en el sur. Los dos monarcas aborígenes que Béthencourt derrotó, y que —según cuenta la crónica normanda— terminaron bautizándose y aceptando el dominio de aquel extranjero llegado del mar. Me quedé mirando esas dos figuras de bronce más tiempo de lo que había planeado. No hace falta ser historiador para sentir, de pie frente a ellas, el peso exacto de lo que costó esa sumisión, ni para preguntarse cuántas historias majas se perdieron para que la mía, seis siglos después, pudiera contarse en español.
Betancuria no fue fundada para ser bonita. Fue fundada para sobrevivir. Que además, con el tiempo, se volviera hermosa, es casi una broma que la historia le gasta a la guerra.
Cuando este pueblo era todo un reino
Caminando hacia el centro, con la iglesia de Santa María siempre a la vista —parece imposible perderla de vista en Betancuria, y sospecho que eso también fue deliberado—, entendí que lo que vino después de la fundación fue una acumulación silenciosa y metódica de poder. Betancuria se convirtió en villa de señorío: capital de la isla con jurisdicción sobre todo su territorio, gobernada por un señor territorial que administraba justicia, repartía tierras y cobraba tributos, junto a un cabildo formado por alcalde mayor, regidores y escribano. No era una aldea de paso ni un campamento provisional. Era, con todas sus letras, el centro nervioso de un mundo entero. Un mundo diminuto, remoto, casi de juguete visto desde hoy, pero mundo al fin y al cabo, con sus leyes, sus impuestos y sus intrigas.
Entrar en la iglesia de Santa María, con su fachada tosca y su campanario desproporcionado para un pueblo tan pequeño, es entrar en ese mundo desaparecido. El templo se levantó hacia 1410 y durante siglos fue la única parroquia de toda la isla: todo el que nacía, se casaba o moría en Fuerteventura pasaba, de un modo u otro, por esas mismas piedras. Pocos años después, en 1416, los franciscanos llegados de Castilla abrieron un convento bajo la advocación de San Buenaventura, que acabaría dando nombre y patrón a todo el municipio. Pasé la mano por uno de los muros del convento, ese gesto un poco tonto que uno hace frente a las piedras viejas, como si el tacto pudiera contarte algo que los ojos no alcanzan. La piedra no impresiona por su tamaño. Impresiona por su terquedad: sigue ahí, reconstruida después del incendio pirata, negándose sistemáticamente a desaparecer.
Y hubo, todavía, un episodio más insólito: en 1424 una bula del papa Martín V creó la Diócesis de Fuerteventura, con jurisdicción sobre todas las islas Canarias excepto Lanzarote, que ya tenía la suya propia en El Rubicón. Fue un obispado breve —la disputa entre papas del Cisma de Occidente explica casi todo el enredo— pero durante esos pocos años Betancuria no fue solo capital civil de un archipiélago. Fue, literalmente, su sede eclesiástica. Cuesta imaginar, mirando hoy sus calles vacías a mediodía, que este mismo lugar concentró alguna vez tanta autoridad simultánea: la del rey, la del papa y la de las armas.
El pan, la cabra y los años que no llovió
Ningún relato de Betancuria estaría completo sin hablar de lo que sostuvo, en la práctica y durante cuatro siglos, a la gente que vivía aquí mucho antes de que a nadie se le ocurriera venir a fotografiarla: el cereal y la cabra. Hasta bien entrado el siglo XVIII, la economía de la villa y de toda la isla dependió de la agricultura cerealera de secano, la ganadería caprina y el comercio de los excedentes agropecuarios, un equilibrio tan frágil como el propio clima majorero, que nunca ha sido generoso con nadie. En los años de lluvia, las cosechas alcanzaban para abastecer a toda la isla e incluso para exportar a Madeira y al resto del archipiélago. Pero los años secos —frecuentes, crueles, cíclicos— provocaban crisis que empujaban a la población a emigrar, dejando atrás casas y tierras que hoy uno sólo puede imaginar mientras camina entre las que sí sobrevivieron.
Fue, contra todo pronóstico, en el siglo XVIII cuando la villa vivió su mejor momento económico. A las buenas cosechas de cereal se sumó entonces la explotación de la barrilla, muy demandada en los mercados europeos para obtener sosa, y por un tiempo Betancuria dejó de sobrevivir para, simplemente, prosperar. No duraría. En 1834 la capitalidad de la isla pasó a Antigua, y el pueblo que había gobernado toda Canarias quedó, poco a poco, reducido a lo que es hoy: el municipio más pequeño del archipiélago, guardando su historia con la misma discreción con la que un día la construyó.
Lo que queda cuando el poder se va
Y sin embargo —esto es lo que de verdad me conmovió, más que ninguna fecha, mientras volvía caminando hacia el coche con la luz ya bajando— Betancuria no se ha convertido en una ruina ni en un decorado. Se ha convertido en otra cosa, algo más difícil de nombrar: un lugar que ya no necesita gobernar para importar. Hoy vive del turismo y de una belleza que nunca buscó a propósito, la de un urbanismo irregular, sin trama ni cuadrícula, con casas que se adaptan a la orografía del valle como si hubieran crecido directamente de la montaña en vez de construirse sobre ella. El Museo Arqueológico, el convento, el Parque Rural que envuelve todo el macizo: son las piezas sueltas de un poder que ya no existe, conservadas con el cuidado de quien sabe que ahí, precisamente ahí, está todo lo que la isla fue antes de convertirse en lo que es ahora.
Salí de Betancuria cuando el sol ya doraba las montañas de un modo que ninguna foto mía le hizo justicia, y entendí, por fin, la paradoja completa que me había perseguido todo el día: este sitio se eligió, en 1404, precisamente para esconderse del mundo. Y terminó siendo, durante más de seiscientos años, el lugar exacto desde el que ese mismo mundo —el majorero, el canario, el atlántico— se gobernó entero. Pocas veces el refugio y el trono coinciden tan bien en un mismo valle. Y pocas veces uno sale de un pueblo de ochocientos habitantes sintiendo que acaba de visitar, sin saberlo, la capital de todo lo que somos.