¿Dónde vas con mantón de Manila?

“La Verbena de la Paloma”: cuando el arte te roba el alma

Hay noches que no se olvidan. Noches en las que entras a un teatro siendo una persona y sales siendo otra, con algo nuevo dentro que no existía antes de que se apagaran las luces. La noche del Auditorio de Tenerife fue una de esas. Una de esas noches que el tiempo guarda con cuidado, que la memoria atesora como un tesoro íntimo e irrepetible.

 

La Verbena de la Paloma, la zarzuela inmortal de Tomás Bretón, llegó a la Sala Sinfónica en el marco de la temporada 2025-26 de Ópera de Tenerife con tres funciones los días 25, 26 y 27 de junio, y lo hizo con la fuerza de quien sabe que lleva más de un siglo conquistando corazones. Tenerife, una vez más, demostró que está a la altura de los grandes escenarios del mundo.

Un doble regalo antes del telón

La velada comenzó con una sorpresa cargada de significado: Adiós, Apolo, un sainete escrito por Álvaro Tato que nos transporta a un ensayo de La Verbena de la Paloma en las bambalinas del legendario Teatro Apolo, ese templo de la zarzuela destinado a desaparecer. No se trata de un prólogo, sino de una pieza en sí misma que precede a la zarzuela, aporta contexto escénico y reivindica algunos aspectos sociales mientras homenajea a ese mítico teatro antes de su destrucción.

Era un poema escénico, un homenaje a todos los artistas que entregaron su vida a este género, concebido con una sensibilidad y una inteligencia que ya presagiaba la grandeza de lo que estaba por venir.

La idea nació de Nuria Castejón, también directora escénica y coreógrafa de la función, quien tras toda una vida vinculada a la zarzuela rindió tributo a la compañía del Apolo, a su familia y a todos los artistas de zarzuela a los que está vinculada. Un gesto de amor al arte que el público supo leer desde el primer instante.

Un montaje de altura en todos los ámbitos

Porque si algo definió esta producción fue la excelencia absoluta en cada detalle, en cada centímetro del escenario, en cada nota, en cada luz. La dirección musical de Víctor Pablo Pérez fue el pulso invisible que lo sostuvo todo, mientras que la escenografía de Nicolás Boni, la iluminación de Albert Faura y el vestuario de Gabriela Salaverri construyeron juntos una Madrid castiza de finales del siglo XIX que se podía casi oler, casi tocar. Cada rincón del escenario respiraba época, verdad y belleza. Una puesta en escena impecable, de esas que no dejan un solo cabo suelto, donde el ojo del espectador no encontraba un solo lugar donde reposar sin encontrar arte.

Y qué decir del sonido. La Orquesta Sinfónica de Tenerife y el Coro Titular Ópera de Tenerife-Intermezzo fueron el alma sonora de una noche que tenía vocación de eternidad. Juntos tejieron una red de música que envolvió al público desde el primer compás y no lo soltó hasta el último.

Un elenco que vivía lo que cantaba

El tenor Antonio Comas como Don Hilarión, el barítono César San Martín dando vida a Julián, las sopranos Carmen Romeu como Susana y Amparo Navarro como Señá Rita, la soprano Gurutze Beitia como Tía Antonia, y hasta la cantaora Sara Salado aportando ese duende flamenco que solo algunas noches se invita solo, conformaron un elenco que no interpretaba sus personajes, los habitaba. Cada gesto, cada frase musical, cada mirada sobre el escenario tenía la textura de lo auténtico, de lo vivido, de lo verdadero.

Y en escena, como pianista, Borja Mariño, ese detalle íntimo y poderoso que añadió una capa de calidez artesanal a un espectáculo de proporciones monumentales.

Pero si hubo un instante en que el tiempo se detuvo, fue en la escena del mantón de Manila. Cuando aquella tela bordada comenzó a volar sobre el escenario como un pájaro de seda, algo en el aire cambió para siempre. La música de Bretón se elevó con su célebre habanera ¿Dónde vas con mantón de Manila? como una marea imparable, y la voz de la soprano atravesó la sala entera, limpia, poderosa, verdadera.

Y entonces ocurrió lo que solo ocurre con el arte grande: llegó al alma. No al oído, no a la mente. Al alma. A ese lugar donde no llegan las palabras pero sí la música, donde uno deja de ser espectador para convertirse en parte de lo que está viendo. Hubo un silencio brevísimo antes de los aplausos. Ese silencio que vale más que cualquier ovación, porque significa que el público entero contenía el aliento al mismo tiempo.

La escalada hacia lo sublime

Y si la habanera del mantón había tocado el cielo, lo que vino después lo superó. La emoción fue creciendo como una ola que no avisa, que va ganando altura en silencio hasta que ya no hay forma de contenerla. Escena tras escena, nota tras nota, el espectáculo fue escalando hacia cotas de intensidad que pocas veces se alcanzan sobre un escenario. El público lo sentía. Se respiraba en la sala esa electricidad silenciosa que solo existe cuando algo extraordinario está ocurriendo delante de tus ojos y lo sabes, y no quieres que termine.

Al caer el telón, el Auditorio de Tenerife estalló. Siete minutos de aplausos ininterrumpidos. Siete minutos en los que cientos de personas, de pie, le decían a ese elenco extraordinario que lo que habían entregado esa noche no tenía precio. Cada bravo lanzado al aire era una forma de decir: gracias por recordarnos por qué el arte existe.

Una producción del Teatro de la Zarzuela que llegó a Tenerife y se quedó, no en los carteles, sino en el pecho de quienes tuvieron la fortuna de estar allí.

Porque hay espectáculos que se ven. Y hay espectáculos que se sienten. Este fue, sin duda, de los segundos.