En los primeros días de Febrero de 1.967 pensé que por fin la sierra de Mota del Cuervo iba a recuperar su paisaje molinero, su tapiz de escena cervantina. El entusiasta Joaquín Piqueras había bregado desde muchos años antes en el empeño con la creación de la Asociación de Amigos de los Molinos y devanando una serie de iniciativas. En la fecha que he citado se celebró en torno a las ruinas de los "gigantes" de Mota la entrega de las llaves de uno de ellos a la embajada de Austria, con el propósito de que esa nación lo reconstruyera dándole el nombre de Grillparzer. Los actos oficiales, con asistencia de autoridades, tuvieron una parte lúdico-gastronómica en la finca de Urbano Zarco con la matanza del cerdo del que dieron buena cuenta los asistentes y, muy particularmente, la entonces embajadora austriaca, Sra. de Hándenat, de cuyo saludable comer aún dan testimonio muchos moteños. El "Diario de Cuenca" de aquella fecha publicó un titular debido tal vez a la rapidez informativa, a la torpeza del que lo redactó o, - y esto me parece lo más probable -, a la capacidad de los periodistas de entonces para hacer critica indirecta o meterse con los de arriba a base de críticas encubiertas para obviar, hasta 1.966, la censura y, luego, las prohibiciones del famoso artículo 2 de la Ley de Prensa. Esta Ley "Fraga", que, aunque abrió muchas posibilidades, no suponía una libertad de expresión tan amplia como para tratar directamente a la autoridad con epítetos molestos. He aquí aquel texto de hemeroteca: "Mota del Cuervo.-Visita del embajador de Austria y el Delegado Nacional de Juventudes.-Se acordó instituir la " Fiesta del Cerdo". Entre líneas el periodista parecía haber querido añadir, antes del último sumario, algo así como: " En honor de los mismos..."

Efectivamente, se decidió entonces celebrar la Fiesta del Cerdo, y aquí podríamos decir nosotros aquello tan popular de " con perdón " de aquellas autoridades, que se comieron el lechón, pero no levantaron una piedra más de los molinos. Efectivamente, se instituyó la Fiesta que se celebraría en adelante cada primer sábado de Febrero con el fin de no perder la tradición. Pero si, por otro lado, también se llegó al compromiso de tener, en Mayo de aquel mismo año, reconstruido el molino austriaco, hay que decir que ambos propósitos corrieron la misma suerte, pues ni tengo noticia de que volviera a celebrarse la Fiesta del Cerdo, ni me parece que el molino se aupara  de su ruina en la forma que se había previsto. Luego,  tras algunos años sin visitarla, he vuelto a la Mota varias veces, y me he encontrado con mis viejos amigos. Enrique y Antonio Tirado me han subido a los molinos y me ha detallado los pormenores de la impresionante rueda "Catalina" en " El Zurdo", aquél donde la tolva se llevó a un molinero por delante y, en otra ocasión, no pudieron los guardias detener a los bandidos de la comarca, porque se enterraron en el grano y, con una caña que apenas sobresalía de él, respiraban, al modo como luego he visto en algún film de acción americano. He visitado también el molino que tiene en sus entrañas un museo de artesanía y algún otro. En definitiva, he visto al fin renacidos los gigantes con sus aspas reparadas y su brazo firme. Todo ello gracias a un entusiasmo renovado por el grupo de Amigos de los Molinos, que debería potenciarse por mecenas públicos y privados, al máximo. Porque pocas imágenes, como la del Molino de Viento, tienen en el mundo tanta influencia como símbolo de España. Ahora que tanto se habla de la marca España, ¿Habrá mejor símbolo que el de los gigantes cervantinos?

El Molino de Viento manchego es una mezcla de prodigio técnico-artesano y de creación artística; es un monumento literario; un libro, abierto a los vientos de nombre poético, de los que recibe al fin la piedra la saludable caricia que le hace girar y convertir el grano en harina; luego será pan, gusto y sabor para el hombre. El personaje de ficción los confundió  con gigantes. Yo, ahora que los he visto de nuevo en pie, cercanos, pero también desde la lejanía, no tengo por demasiado imaginativo a quien los consideró así. Lo que más me gusta es pensar que, si no son gigantes, sí que los han engendrado. Su existencia ahí, su pervivencia aun en ruinas mucho tiempo, han procreado en la mente y en la voluntad de algunos motejos, como el recordado Piqueras y otros más en el pasado, y, sobre todo, como los de esta nueva generación de Amigos de los Molinos, sentimientos elevados capaces de alimentar nada menos que la idea de elevar por suscripción un monumento a las criaturas cervantinas, entre los molinos mismos. Ese empeño es  prueba evidente de que los molinos han alumbrado un espíritu de gigantes al que deben sumarse los apoyos de todos cuantos los amamos. El molino manchego es el heraldo de un tiempo que permanece en todo aquél que gusta de mirar hacia lo alto, sin perder sentido de la realidad, sin dejar de apoyar los pies en la tierra. En la verticalidad del menhir, por los lomos del molino las reflexiones se dirigen hacia el cielo, y, en su camino, las aspas las difunden generosas, a todos los vientos, en mensajes de buena voluntad, que con vocación universal se extienden por la amplia llanura manchega, inundada de una luz única en el mundo.