Amarga Navidad: cuando Almodóvar convierte el espejo en protagonista
Entre migrañas, alter egos y una Chavela Vargas sonando de fondo para envolver la melancolía en prestigio, Pedro Almodóvar entrega su película número veinticuatro convencido de que su universo interior sigue siendo, por sí solo, un acontecimiento cinematográfico. El problema no es que se mire a sí mismo; el problema es que hace tiempo que dejó de mirar a cualquier otra parte.
Hay directores que envejecen ampliando su mirada y hay otros que, con los años, terminan encerrados en el reflejo de su propio espejo. Almodóvar ha elegido definitivamente ese camino. Amarga Navidad pretende ser un ejercicio de desnudez emocional, pero acaba pareciéndose más a un diario íntimo filmado con presupuesto millonario que a una película capaz de interpelar al espectador.
La premisa, sobre el papel, prometía. Elsa, directora de anuncios, atraviesa una crisis durante el puente de diciembre; veinte años después, un guionista llamado Raúl convierte aquella historia en el refugio desde el que intenta escapar de su propio bloqueo creativo. Traducido al lenguaje Almodóvar: un director que se parece a Almodóvar escribe sobre una protagonista que también se parece a Almodóvar para volver a hablar, una vez más, de Almodóvar.
El propio cineasta reconoce que Raúl es su alter ego. Lo que en Dolor y gloria funcionaba como una confesión inesperada aquí ya suena a estribillo. La sorpresa desaparece cuando la obsesión se convierte en rutina.
El autorretrato convertido en costumbre
La autoficción nunca ha sido el problema. Almodóvar la ha utilizado con brillantez durante décadas. El problema aparece cuando deja de ser una herramienta narrativa para convertirse en el único argumento posible.
La crítica internacional se ha dividido entre quienes celebran una obra profundamente personal y quienes la consideran reiterativa y emocionalmente distante. Curiosamente, ambos describen exactamente la misma película. La diferencia está en si consideran admirable o agotador que un director de ochenta películas imaginarias haya decidido dedicar las últimas a catalogar sus propias heridas.
Los ataques de ansiedad, las migrañas y las dolencias físicas de Elsa remiten sin apenas disfraz a los problemas de salud del propio director. Convertir el dolor personal en arte puede ser legítimo. Convertirlo en fórmula empieza a parecer falta de inspiración. Cuando el historial médico sustituye al conflicto dramático, la emoción deja paso al narcisismo.
Como resumía una crítica internacional:
“Bitter Christmas se siente como una construcción de análisis torturado, en la que Almodóvar parece estar resolviendo sus propios asuntos en lugar de invitar al público a compartir la experiencia.”
Una película hermosa… y sorprendentemente fría
Nadie discute el talento visual del manchego. La fotografía de Pau Esteve Birba vuelve a ser impecable. Alberto Iglesias firma otra partitura elegante. Lanzarote, nocturna y volcánica, aporta una belleza hipnótica que convierte cada plano en un cuadro.
Pero el cine no vive solo de la belleza.
Una película puede estar perfectamente iluminada y, aun así, no iluminar absolutamente nada. Puede ser impecable en su puesta en escena y, al mismo tiempo, incapaz de emocionar. Eso es precisamente lo que ocurre aquí: cada encuadre parece destinado a exhibirse en una exposición de fotografía, mientras la historia se evapora delante del espectador.
Leonardo Sbaraglia sostiene con enorme dignidad un personaje atrapado en un guión que nunca termina de respirar. Aitana Sánchez-Gijón firma probablemente la mejor secuencia de toda la película. El reparto hace todo lo posible por insuflar vida a un libreto que insiste en girar siempre sobre el mismo eje: el propio director.
Cuando el artista se convierte en su único público
El propio Almodóvar ha admitido que se ha convertido en su propia musa y que esa situación “no es grata”. Difícil encontrar un diagnóstico más certero de Amarga Navidad.
Porque la película transmite la sensación de un creador extraordinario que ya no dialoga con el mundo, sino únicamente consigo mismo. Como si hubiera dejado de hacer cine para el espectador y hubiera empezado a utilizar la cámara como un espejo de lujo.
Técnicamente impecable. Interpretativamente solvente. Visualmente irreprochable.
Y, sin embargo, profundamente ensimismada.
No estamos ante la peor película del cine español reciente. Ni siquiera ante un fracaso. Estamos ante algo quizá más preocupante: la obra de un director inmenso que parece haber confundido la confesión con la creación y la introspección con la inspiración.
Amarga Navidad no fracasa porque Almodóvar hable de sí mismo. Fracasa porque, por primera vez en mucho tiempo, da la impresión de que ya no tiene nada más que decir que aquello que lleva años repitiéndose frente al espejo.
Y el espejo, por muy bien iluminado que esté, nunca devuelve un horizonte.