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15:48h. Miércoles, 26 de Septiembre de 2018

Desde pequeña acudía acompañada de mis padres, ambos periodistas,  a las distintas ediciones de Fitur, la Feria Internacional del turismo que se celebran en Madrid y, tras un periodo de tiempo sin asistir, hoy he regresado como la hija prodiga y he sonreído al darme cuenta y reconocer  que he crecido con la feria y con ella he pasado por varias fases que iban paralelas a las de mi crecimiento. 

La explicación a semejante afirmación es sencilla.

Al principio, y durante años, me encantaba acompañarles, mis hermanos y yo quedábamos fascinados por  el despliegue de colores, de  las “cosas raras” que veíamos, las muestras de artesanía, música, cocina que cada país consideraba que llamarían más la atención de los visitantes  y enarbolaba como  estandarte para que nos acercáramos a sus stands y no a otros. Alentaban nuestra curiosidad de niños con multitud de regalos que nos parecían un tesoro y que, cuando  solo se lo regalaban a alguno de mis hermanos pero no a mí, era motivo de envidia y a veces de enfados entre nosotros. Éramos niños, repito.

Pero la magia es efímera y desaparecía al llegar a casa donde  todo lo que no fueran chuches, perdía el encanto que lo adornaba y así los folletos con imágenes preciosas casi pasaban a ser papeles sin valor, los pin y  pegatinas, se quedaban olvidadas en cualquier rincón de la casa y sólo se salvaba algún bolígrafo que fuera especialmente atractivo

Todo era un descubrimiento para nosotros y creo que también el paso de los años lo fue para la Feria en sí, pues cada uno iba mejorando y abriéndose a más países, aprendiendo de ellos a la vez que lo hacíamos nosotros, pues descubríamos incluso la existencia de algunos que ni de nombre conocíamos, dada la mala costumbre que algunas veces impone a los dirigentes cambiar de nombre sus países. Y, como de niña no fui muy aficionada a la geografía, incluso creo que fue en FITUR donde descubrí Uruguay que después sería mi segunda patria pues me case con un uruguayo.

Crecí, y la feria creció también. En expositores y en variedad; y se hizo más interesante…para los demás. Pero no para mí, porque cuando la misma empezaba eso suponía casi no ver a mis padres en casa. Por aquel entonces ellos  ingresaron en una asociación de periodistas de turismo y eso supuso que, además de verles poco durante la mencionada feria, empezaron a viajar aún más de lo que ya lo hacían, escribiendo sobre el turismo en todos los confines de la tierra. Fue una etapa de antipatía, por mi parte, a todo lo que supusiera turismo y, por supuesto, a su feria principal.

Cuando más o menos estaba madurando, o eso creía yo, mi padre fue elegido presidente de FEPET y vicepresidente de la Federación Internacional de Escritores y Periodistas de Turismo (FIJET), y la Feria concedió a esas entidades un stand propio.

Mi madre que, además de periodista, es la persona más creativa que conozco, diseñaba, montaba y realizaba dicho stand para atraer al personal hacia el mismo y explicarles lo que la Federación suponía. ¡Y lo lograba, vaya si lo lograba! Las decoraciones que año tras año mi madre hacia eran cada vez más bonitas, espectaculares y sobre todo artesanales. Sí, “artesanales” porque mientras los grandes stands e incluso los pequeños,  antes de  que se abrieran las puertas de la Feria   eran un ir y venir de personal, electricistas, montadores, carpinteros etc., el stands de FIJET era mi madre, una pegamento en espray, una escalera, fotos,  posters y, por supuesto, el “ironfix “con diseños para crear el mundo que días antes ella había ideado. Y, salvo la secretaria de FEPET, Araceli, solo contaba  con la ayuda de mi padre.

¿Cómo lograban mis padres tener preparados el stand a la vez que los demás, sin otra ayuda que su propio interés y esfuerzo? Pues porque desde bastantes días antes mi casa era el taller preparatorio y la mesa de comedor era el soporte donde mamá hacia los puzles que luego repetiría en el stand y pasaba horas moviendo fotos y posters de un lado a otro para ver y constatar que todo quedaría como lo había ideado.

Sumen ustedes: viajes, días de preparación del stand, atención durante días a la feria, asistencia a las cenas de los expositores, etc. Suma y sigue, cada vez el turismo nos restaba a los hijos más tiempo de mis padres.

La feria siguió creciendo y yo también. Y pasé a ser la ayudante oficial de mi madre. Aunque durante años vi  a mis padres ir a la Feria con sus “materiales” antes de la inauguración  y regresar muy, muy tarde, nunca fui capaz de imaginar el trabajo tan cansado y agotador que hacían. Pero cuando, ayudando a mi madre, fui yo la que subía y bajaba de la escalera con los posters, con el ironfix, con ella dirigiéndome, “ahora en esta esquina”, “a ver qué te parece si…”, .terminaba agotada y al día siguiente las agujetas no me dejaban moverme.

Nació así cierta antipatía hacia esa feria y lo que suponía  mientras que, paralelamente, mis hijas la descubrían con la misma ilusión, incredulidad y asombro que sentía yo cuando era niña.

Han pasado tres años desde la última vez que ayudé a mis padres en esta tarea y hoy he vuelto a ir a Fitur. Y puedo decir que por primera vez he visto la feria tal y como es, he visto para que sirve, he visto su potencial, he comprobado la respuesta de la gente, he vuelto a apreciar su originalidad en los expositores y he disfrutado, escuchando el homenaje que Benidorm le ha hecho a Don Pedro Zaragoza, “inventor de la idea de Benidorm  actual”, padre de un entrañable amigo mío, de cuya historia se ha presentado un corto.

 Y es que Fitur ha crecido igual que yo. Se ha formado, ha madurado, es más abierta, innovadora, y con una historia vital magnífica  que espero siga por muchos años corriendo paralela a la mía. Espero con ilusión Fitur 2015 y ver que nos depara la vida… ¡a ambos!