IR POR LA A-2 JUNTO A GUADALAJARA Y NO ENTRAR EN LA CIUDAD, UN ERROR A CORREGIR

Edificios de viviendas, sin mayor interés junto a la autopista A-2 a su paso por Guadalajara, ocultan al viajero una ciudad que sin embargo es imperdonable no visitar.

IR POR LA A-2 JUNTO A GUADALAJARA Y NO ENTRAR EN LA CIUDAD, UN ERROR A CORREGIR

Cuantas veces  mi familia y yo, en nuestro camino hacia el noreste de España, hemos pasado por el borde de la ciudad de Guadalajara y de forma implícita -o no tanto- pensamos que dado lo visto no valía la pena dedicar unas horas a visitar una ciudad que dista de Madrid unos tres kilómetros menos que San Lorenzo de El Escorial. Error imperdonable que, gracias a una visita guiada de unas tres horas ofrecida a FIJET ESPAÑA por la concejala delegada de turismo del ayuntamiento, hemos comenzado a subsanar Paloma mi mujer y yo.

No voy a hacer una descripción de los monumentos visitados que situados en su contexto histórico por una excelente guía turística local, Susana Ruiz, nos permitió captar la importancia que en la formación de la nación tuvo Guadalajara y las grandes familias que allí se implantaron.

Guadalajara conserva variadas muestras  de su prolongada historia, sobre todo desde su incorporación al reino de Castilla en 1085 después de haber estado en poder de los invasores musulmanes de la península algo más de 350 años. Fue durante el reinado de Alfonso VI cuya corona integraba los reinos de Castilla y León. Se puede considerar por tanto una ciudad fronteriza cuya importancia estratégica la debía a su situación geográfica ya que situada en una cima entre dos fuertes barrancos su defensa era relativamente fácil.

De su época musulmana quedan pocos restos, el más importante el puente sobre el rio Henares, de la época califal. Obra civil que ya los romanos habían realizado y que Abderraman III remodeló y amplió en la segunda mitad del siglo X aunque actualmente muestra muchas reformas y reconstrucciones, sobre la que ordenó Carlos III  a causa del derrumbamiento del puente en 1757.

La impronta dejada en la ciudad por grandes familias como los Mendoza, los Figueroa o los Desmasières, familia católica de origen francés implantada en España y que ha dejado en Guadalajara una huella importantísima desde el punto de vista arquitectónico y ejemplar desde un punto de vista social. Una de sus miembros más destacados fue María Micaela Desmasières, vizcondesa de Jorbalán, que en medio de una intensa vida social desarrollada en Paris, Bruselas y Madrid, mantuvo una sólida vida de piedad y fundó las “Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la caridad”. Dedicó su vida a la ayuda de enfermos, mujeres desamparadas y fundando escuelas y colegios. Murió contagiada por el cólera a cuyos enfermos dedicó su ayuda personal. Fue canonizada en 1934.

La familia Mendoza, de origen alavés, tuvo la habilidad de ir escalando categoría y presencia en la vida militar, política y social de los reinos en lucha contra el islam llegando uno de sus miembros, el cardenal Mendoza, hijo del marqués de Santillana, a ser  una pieza clave en el paso de la monarquía del alto medioevo a la España renacentista.

Muestra fundamental de esa transformación es el palacio de los Mendoza en Guadalajara conocido como Palacio de los Duques del Infantado, considerado como la primera realización arquitectónica del Renacimiento en España. Hoy, después de una restauración necesaria por las heridas de la guerra civil en sus hermosas piedras, es centro de manifestaciones artísticas entre las que destaca el “Tenorio Mendocino”. El conjunto arquitectónico es una verdadera lección de historia que cualquiera de los guías turísticos locales desvelará con entusiasmo al visitante que lo desee.

La simple designación de Iglesias de diversas épocas, palacios, moradas  y mausoleos de las ilustres familias de Guadalajara convertirían estas líneas en una incompleta guía de turismo. 

No se puede terminar de describir nuestro asombro sin hacer referencia a una pieza casi única en el mundo, el salón chino de la casona de los marqueses de Villamejor, llamado Palacio de la Cotilla. Su construcción comienza en el siglo XVI y a finales del XIX  sus propietarios importaron de China unos paneles de papel de arroz, pintados a la acuarela y tinta, con una estructura zonal que manifiesta escenas históricas de la China medieval, muy a la moda durante la última dinastía Qing. Con esos paneles empapelaron las paredes de una sala dedicada a veladas musicales y de teatro. Parece ser que el asombro del embajador chino en España fue mayúsculo al descubrir ese ejemplo de arte pictórico del  que no quedaba nada de semejante en toda China ni en el resto del mundo. Las destrucciones originadas por la “Revolución Cultural” ordenada por Mao probablemente terminaron con las muestras de estas manifestaciones artísticas de la época Qing. En su política de intento de reconstrucción del patrimonio cultural tradicional de China, el gobierno chino intentó comprar esos paneles que gracias a los responsables del Ayuntamiento de Guadalajara, hoy propietario del edificio, siguen donde la familia Figueroa los colocó. El Palacio de la Cotilla alberga hoy algunas actividades de formación artística así como un espacio dedicado a unos los hijos famosos de Guadalajara como el dramaturgo Antonio Buero Vallejo a quien conocí personalmente y me entreviste con él, por razones profesionales en su despacho de su casa de Madrid, hoy conservado en el espacio museístico dedicado al personaje que también pintaba y por cierto con muy notable dominio del dibujo y color. Con sorpresa descubrí también un espacio pictórico  dedicado a Regino Pradillo, otro ilustre hijo de Guadalajara, excelente pintor,  a quien también tuve el privilegio de conocer personalmente en su calidad de director del Liceo Español de París cuando desempeñaba yo la corresponsalía de Televisión Española en esa ciudad.

Numerosas actividades “in situ” y visitas turísticas con guía organizadas sábados, domingos y festivos pueden consultarse en www.guadalajara.es nos permitirán penetrar en el espíritu de una ciudad  que realmente vale la pena ir conociendo en profundidad.

Fotografías Paloma Ausejo

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