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ETIOPÍA, CON LAS VENAS ABIERTAS

Texto y fotos: Diego Caballo | 10 de septiembre de 2020

Etiopía, tribal y milenaria, de reina de Saba y rey Salomón, y su historia de amor, del que nació su hijo Menelik I, que sería rey de Etiopía y quien sacó el Arca de la Alianza de Israel para llevarla a su reino, y que tuvo 22 sucesores hasta llegar a  Tafari Makonnen, más conocido como Haile Selassie, Negus de Etiopía,  con quien acabó la monarquía tras su poco claro asesinato el 27 de agosto de 1975, tras un levantamiento del pueblo de sequía y hambre y unos militares proclives que se hicieron con el poder.

Ubicada en el cuerno de África, es como España y Francia juntas por su extensión de más de un millón cien mil kilómetros cuadrados. Cuna de la humanidad, con hallazgos arqueológicos de más de tres millones de años, entre ellos, el de la famosa Lucy, cuyos restos se encuentran en el Museo Nacional de Addis Abeba, Etiopía es contraste siempre: tierra fértil y árida; de norte a sur, rica y pobre;  con las venas abiertas esperando la lluvia o sufriendo inundaciones.

Nuevos tiempos, nuevos políticos

Su sistema político podría ser definido como república democrática, aunque sus 82 etnias y 200 dialectos diferentes, unificados por su idioma oficial, el amhárico, que domina toda la población escolarizada, además del inglés, que lo habla un porcentaje alto, introduce dudas en el buen funcionamiento de ese sistema político.

Su reciente y nuevo primer ministro, Abiy Ahmed Ali, ingeniero informático de profesión, además de político de taya con aires nuevos, ha logrado la paz definitiva con su vecina Eritrea, en tensión fronteriza desde el año 2000, que arrastraba desde los años 90 del siglo pasado, y el establecimiento de sus relaciones diplomáticas,  lo que le ha valido ser galardonado con el Premio Nobel de la Paz el pasado año 2019.

Con capital en Addis Abeba, que significa flor nueva,  sede de la Unión Africana (UA), formada por 55 estados de ese continente con el objetivo principal de impulsar el desarrollo, la solidaridad y la unidad entre sus miembros, este país no fácil de gobernar, es el primero de África en cabezas de ganado y décimo del mundo.

Bahardar, Góndar y Lalibela

En este viaje hemos tenido ocasión de visitar el país de norte a sur tras una breve estancia en Addis Abeba, tan de bullicio caótico, que aspira a convertirse en referencia diplomática y mayor centro de negocios de África.

Más de seis de los 90 millones de etíopes viven en esta capital, que nuestro guía quiere bautizar como la Bruselas africana.

Es necesaria una jornada para visitar su Museo Nacional, la catedral ortodoxa de San Jorge y la de la Santísima Trinidad, donde se encuentra la tumba de H. Selassie, así como un recorrido por su merkato o mercato (del italiano), menos conocido  como Addis Ketema, que significa ciudad nueva, donde existe un caos medianamente ordenado y en el que todo se vende y se compra, y en el que te puede desaparecer la cartera mientras el trajín de carros, gente con fardos en la cabeza, griterío, bocinazos y las continuas llamadas  de atención para venderte algo en el multicolorido paisaje.

Nuestra primera parada sería en  Bahardar, al noroeste, ciudad bella y próspera, costera del lago Tana,  fuente del Nilo Azul. Con una superficie de 84 kilómetros de largo por 66 de ancho y una profundidad máxima de 15 metros, es el más grande de Etiopía, por el que navegamos en una lancha guiada con maestría para después dirigirnos a pie por un sendero de no mucha dificultad, hasta llegar a las cataratas del Nilo Azul, que los lugareños llaman Tis Abay, “agua humeante”, un gran salto de agua de 45 metros de alto, en el curso del río Nilo Azul, consideradas como una de las más importantes de África.

En otra jornada, preciosa de flora y fauna, el viajero puede navegar poco menos de una hora de nuevo por el lago Tana para visitar monasterios del s. XIV, como el Ura Kidanamihret y el Azewa Mariam, remanso de paz y religión al lado de estas tranquilas aguas que abastecen a sus habitantes y enriquecen las tierras de sus alrededores. En el trayecto pudimos divisar a corta distancia hipopótamos y un gran número de pelícanos que rodeaban a un joven sordomudo que les lanzaba comida para deleite fotográfico del visitante.

Después, tras disfrutar de una magnífica comida en el Lake Shore Restaurant, con sus impresionantes vistas, nos dirigimos a Góndar,  haciendo una parada en el camino para contemplar “El dedo de Dios”, una piedra monolítica que cobija una ermita con fuente de agua “milagrosa” en medio de un paraje escarpado de subida, poco habitado y con abundantes cabras.

Góndar, antigua capital de Etiopía, es una espléndida ciudad fundada por Fasilides, con un recinto  amurallado del siglo XVII desde el que reinaban los emperadores etíopes, con un estilo arquitectónico particular  de influencias de base árabe y barroco europeo introducido por misioneros portugueses, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.

Muy cerca de la ciudad se encuentran Los Baños de Fasilides, dentro de un extenso terreno de recreo, lugar en el que cada año se celebra la Epifanía ortodoxa y donde el pasado  2019 murieron  una decena de personas y más de un centenar  resultaron heridas al derrumbarse una grada de madera.  

Fundada por el rey Lalibela, esta Jerusalén africana ofrece al visitante conocer sus once iglesias, que se dividen en dos partes: Jerusalén terrenal y Jerusalén celestial, donde hay que pagar una entrada de 50 euros por visitante que no se sabe muy bien cómo repercute en esta ciudad que sufre carencias básicas con infraviviendas que comparten, en muchos casos, personas y animales.

Este conjunto de iglesias únicas, de culto cristiano, fueron talladas en piedra hace más de ocho siglos, como las de Gabriel y Rafael o la más conocida, la dedicada a San Jorge, patrón de Etiopía, tallada en forma de cruz griega, desde la superficie hacia lo profundo, de fascinante diseño que sigue (y siguen en su conjunto) asombrando al mundo mientras algún religioso nos cuenta cómo los ángeles ayudaron en su construcción a los cuarenta mil trabajadores que esculpieron los templos, como su mejor explicación para entender que son demasiado perfectas para la mano del hombre.

Antes de terminar, el visitante quedará impregnado de olor a incienso y será bendecido en más de una ocasión por los sacerdotes que velan por el mantenimiento del conjunto religioso, además de pasar por el infierno, que es un túnel con total ausencia de luz, de paredes estrechas, techo bajo y poco uniforme  desde el que no te aseguran alcanzar el cielo pero sí el techo, bajo y poco uniforme donde, tan a solas y en silencio, cada uno es libre de pensar lo que quiera sobre la vida terrenal o en el más allá mientras se golpea más de una vez en la cabeza antes de salir del pequeño laberinto hecho en rocas volcánicas excavadas con tan precarios medios.

Los religiosos que habitan el lugar, posan y saben posar con sonrisa enigmática para la foto imprescindible,  y le da al visitante el toque preciso de crucifijo para eliminar – nos dicen – las impurezas terrenales. Mientras, en la pared de algún pasadizo podemos contemplar en su vitrina esqueletos momificados de los siglos XVI y XVII  con la única protección de un cartel que pide en inglés y en amhárico “no tocar”, o pasar a través de una puerta hecha en madera de olivo del s,XII que casi se mantiene intacta.

Una maternidad

Hemos tenido la ocasión de visitar también la maternidad MULU (nombre con el que fue bautizado el primer niño nacido), impulsada por Mensajeros de la Paz, que preside el padre Ángel, y la ONG etíope Ayudamos a Mamá en Etiopía (AYME), con la etíope Jesshy Boneye al frente, radicada en Fuenlabrada (Madrid) donde regenta una peluquería y que trabaja tenazmente por que las mujeres etíopes puedan dar a luz sin poner en riesgo sus vidas desde que vio cómo eso ocurría mientras acompañaba a su abuela en el hospital hace años. El proyecto se lleva a cabo en estrecha colaboración con la prestigiosa universidad de Góndar, que aporta el personal sanitario.

Del Norte al Sur

Viajando de Norte  a Sur, Etiopía huele a siempre. Anclada en el pasado rural, con añoranza de Haile Selassie, porque entonces comíamos todos, nos dice el guía. Ahora, en zonas rurales,  duele este pueblo con dolor de esperanza poca. Duelen los niños descalzos, sin escolarizar, sin sanidad; duele a un solo  hospital para cubrir enormes zonas geográficas  con casi un   millón de habitantes. Duele a arado de palo detrás del animal, que tira guiado por un  adolescente y gañán que va tragando el polvo de la tierra seca. Duele a hambre, a madres muchas que dan a luz  perdiendo sus vidas, y  a recién nacidos muertos al poco de nacer.

De Norte a Sur, el etíope baila distinto: empieza con la cabeza y el cuello, luego los hombros, la cadera, las piernas y los pies; el  etíope es amable, solidario, es de tocar hombro con hombro como abrazo que se queda corto y de manos que se unen mientras sonríen. Es, en su gran mayoría, creyente  en las historias bíblicas que se cuentan en los templos a través de las viñetas divinas, que era y es la mejor manera de hacer entender también a los analfabetos.

Después de volar hasta Addis Abeba, nos dirigimos en autobús hacia Ziway, una ciudad del centro del país a la que se accede por la carretera que conecta Addis Abeba con Nairobi, para después continuar hasta el Parque Nacional Abijatta-Shalla, ubicado en la región de Oromia, a 200 kilómetros de la capital. Con sus casi 900 kilómetros cuadrados, que incluye los lagos del Valle del Rift de Abijatta y Shalla, separados ambos por tres kilómetros de montañas. Para completar la jornada visitamos la tribu de los dorze, que habitan en chozas muy peculiares con diseño de cabeza de elefante, dentro de su aldea Bodo. Aquí observamos cómo han sabido mantener sus tradiciones y a la vez adaptarse a un turismo creciente que les aporta muy buenos beneficios. Nos reciben niños, siempre numerosos, que han aprendido a decir caramela y pen mientras los mayores se preparan para interpretar sus danzas, ofrecernos su alimentación, que es una torta que obtienen  del falso banano con un largo proceso de fermentación antes de pasar por la lumbre para degustarla acompañada de aguardiente.

Arba Minch

Al sur del país, esta ciudad, importante y conocida por su abundante agua de manantiales subterráneos, (su nombre en amhárico significa cuarenta fuentes), tiene unos 80.000 habitantes y cuenta con universidad y aeropuerto y produce abundantes frutos para su autoconsumo y exportación.

Desde aquí partimos hacia el lago Chamo, alimentado por el río Kulfo y pequeños arroyos, por el que navegamos casi dos horas y en el que tuvimos la ocasión de contemplar algunas aves y cocodrilos, que se calentaban en sus orillas antes de ser molestados por la embarcación.

Comimos y descansamos en el encantador Kanta Lodge, con alojamientos construidos a base de chozas redondas, amplias y cómodas antes de dirigirnos a Jinka, ciudad comercial situada en las colinas al norte  de las llanuras de Tama, con parada entre el Valle del Rif y el Valle de Omo, que nos ofrecen unas maravillosas vistas y la posibilidad de contemplar algunas de las 52 variedades de acacias, que es el árbol más representativo de Etiopía o África en general, además de algunas aves.

Poblado Hamer

Está situado dentro de lo que denominan “Naciones, nacionalidades y pueblos del sur”, en la zona llamada Omo Sur; río, el Omo,  que le da nombre a la zona y que desemboca en el lago Turkana, en la frontera con Kenia, gracias al cual vive una población de doscientas mil personas en este espacio de más de cien mil kilómetros cuadrados de variado paisaje pero anclado en el comienzo de los tiempos.

Las mujeres lucen numerosos  abalorios  multicolores, como el cielo bajo el que viven. Quizás el adorno más significativo es un collar con un saliente redondo que significa que es la esposa primera, la que manda y coordina la casa en la que habitan varias esposas y sus hijos.

La mujer hamer lleva el pelo en pequeñas trenzas embadurnado todo con una mezcla de arcilla y grasa.

Las fotos ni les gustan ni les dejan de gustar, porque hay que pagar por entrar en el poblado y por cada cámara o teléfono móvil que se exhibe. Si lo que queremos es hacer un retrato, con exija cierta proximidad, casi siempre hay que pagar una cantidad aparte

Costumbres ancestrales,  como el rito de saltar las vacas, cayendo en vergüenza si no lo superan y si lo consiguen tendrán el dudoso privilegio de pegar a las mujeres cuanto más fuerte mejor, como ellas mismas lo piden, produciéndoles unas cicatrices que luego, además, infectan para convertirlas en escarificaciones que perduren en el tiempo y lucirlas como trofeos. También siguen practicando el “toque” que la mujer le da al hombre como señal de que le gusta para a continuación ambos dirigirse al bosque más cercano para hacer el amor. Y así, tantas veces como lo desee, hasta que  se case, momento a partir del cual solo podrá tener un hombre. Otra aberración de origen ancestral sigue siendo que los niños nacidos fuera del matrimonio, que traen “mala suerte”, son arrojados al abismo o eliminados de alguna otra forma. Afortunadamente, desde hace ya años, hay instituciones como ONG que se hacen cargo de esos niños que se enfrentan a la muerte. Prácticamente  todo está regido por un Consejo de Ancianos que irá dictando unas normas que todos deben acatar, incluyendo si se permite o no al turista entrar en el poblado y el precio que se ha de pagar. Nos ocurrió al intentar visitar otro poblado llamado Boriconech cuyo Consejo de Ancianos ha determinado por un tiempo no permitir la entrada de turistas, fundamentalmente, según nos explica el guía por el desacuerfdo existente al repartir el dinero de las entradas.

Tribu de los mursis

En Debub Omo, con una población aproximada de diez mil personas, que viven en las estepas de Jinka y las montañas del Omo Park, tienen su propio idioma, el mursi y también se rigen por un Consejo de Ancianos, que toma las decisiones.

Las mujeres mursis lucen platos de arcilla o madera incrustados en sus labios y en las orejas, además de sus peculiares peinados y ornamentos, como aros metálicos y telas diversas. Los hombres lucen unos espectaculares dibujos pintados con tiza blanca por todo su cuerpo. A todos, hombre y mujeres, les unifica una cierta mala leche (quizás derivado de su hartazgo por el turisteo, que les reporta beneficios pero que les altera el hábitat). Su palabra más repetida desde que llegamos hasta que nos marchamos es money, que es continuo, sobre todo en boca de los niños.

Así hemos vivido y conocido mínimamente Etiopía, esa zona geográfica africana rica y pobre donde se sitúa el origen del hombre, como demuestran los hallazgos  antropológicos más importantes de la tierra.  Extensa y variada flora, con 52 variedades de acacias, que es su árbol más representativo; animales de todo tipo, como gacelas, avestruces, jabalíes, gallina de guinea, cabras y vacas a las que sacan sangre que mezclan con leche para alimentarse cuando las cosechas no pueden mitigar el hambre

Etiopía es etnias y tribus de no fácil gobierno donde empieza a crearse una cierta infraestructura con la construcción de carreteras, con capital chino,  y establecimientos hoteleros y mínima infraestructura que quiere ir creciendo para atraer al turista mientras su bandera sigue ondeando luciendo sus colores verde, de fertilidad; amarillo, de esperanza, y rojo, de sacrificio.

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